El medidor de humillación

Ana Barreales
ANA BARREALES

Me pregunto cuál debería haber sido la reacción de Teresa Rodríguez para ser considerada víctima después de que Manuel Muñoz Medina la arrinconara y simularabesarla en los labios mientras le tapaba la mano con la boca. A juzgar por el recurso que ha presentado el empresario solicitando el archivo de la causa, da la sensación de que la gravedad de la agresión sufrida depende de las agallas que tenga la denunciante. Si son muchas es una broma pesada, pero soportable, y sólo si es una mujer apocada se puede entender como verdadera agresión.

Va a ser verdad que esta temporada se llevan las patochadas: intentar abreviar una declaración desde la cárcel porque estás «en un curso de cocina pochando» (El Bigotes), hablar de que «el régimen español acutal es un poco menos autoritario que el de Franco» (Echenique) o cualquiera de los delirios de Puigdemont. En esa línea, el abogado de Muñoz Medina ha presentado un recurso en el que justifica los hechos por tratarse de «una broma gastada por quien lleva una copa encima». Y añade que Teresa Rodríguez «denunció lo que denunció recargando, exagerando y cargando lo sucedido», además de argumentar que la parlamentaria «no parece una persona timorata ni especialmente vulnerable y sensible». Y pone como ejemplo que Rodríguez «valientemente, no deja de reconocer la independencia de Cataluña». Como si tuviera algo que ver o como si él fuera quien mide la indignación y la humillación.

No parece tener mucha empatía Muñoz Medina, pero me pregunto si le haría la misma gracia que en esa visita cualquier machi pasado de copas le hiciera esa misma «broma» y si lo seguiría considerando una anécdota sin importancia. Probablemente, no lo concibe, porque esas cosas no les pasan a los hombres.

Cuántos manoseos y baboseos tiene que aguantar una mujer hasta ser considerada oficialmente humillada y qué hubiera pasado si Teresa Rodríguez hubiera soportadado la agresión machista como lo han hecho y lo hacen muchas mujeres en todo el mundo: callando y aguantando para no verse perjudicadas, profesional, económicamente o en su imagen. Denunciar un hecho así, que se produce en privado, es difícil: a veces hay que poner en una situación complicada a testigos que también pueden verse presionados y perjudicados si declaran o hacerlo en grupo. Y no sólo hace falta valentía, hacen falta pruebas. Y aguantar que la víctima quede bajo sospecha, porque lo más triste de todo es que habrá gente que piense que no ha sido para tanto, porque tampoco la han violado.

Me pregunto cuándo van a cambiar por fin las cosas. Y si no hay denuncias como ésta la respuesta es que demasiado despacio. Pero, afortunadamente, algo sí ha cambiado: ha pasado el tiempo en el que había que aguantar y callar.

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