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Sin ir más lejos

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Los colegios en Málaga han estado en primer plano nacional estos días, y no precisamente por motivos de los que sentir orgullo. Al conflicto del ruido en los entrenamientos de equipos de baloncesto por las tardes, parcheado al menos momentáneamente, ha seguido el penoso caso de las pulgas y otros insectos que se autoescolarizan en masa en un centro de Vélez y el episodio inaudito de la niña de tres años que el pasado martes estuvo cinco horas encerrada dentro del autobús que la había llevado como cada día hasta su colegio en Rincón. Las dos monitoras encargadas de velar por los menores durante el transporte no se percataron de que la pequeña se había quedado dentro, dormida. Todo quedó en un inmenso susto cuando terminaron las clases y todos volvieron al autobús para encontrarse con aquella encarnación llorosa del desvaimiento. Es inevitable ponerse en la piel de esos padres golpeados por una angustia inevitable y retroactiva que se enreda en las peores pesadillas de lo que que podría haber pasado y que, felizmente, no pasó. Todo quedó en un percance ahogado en el desconsuelo que debió apoderarse de la pequeña durante tanto tiempo de angustia y espera sin final. Si un niño vive sobre todo el presente, aquellas cinco horas en total soledad debieron ser su primer contacto con lo interminable. El lamentable suceso podría haber sido mucho peor: un mal golpe por una caída desgraciada, un corte o verse atrapada en algún intento angustioso de buscar una salida, ajena a cualquier idea de peligro. La denuncia abierta esclarecerá lo que ocurrió, pero el caso es ya sobre todo una lección aprendida para alejar rutinas confiadas y extremar la atención cuando se tiene entre manos tanta indefensión. Los protocolos son claros para cuidar de los miles de niños que cada día utilizan el transporte escolar en España, pero el factor humano no siempre está a la altura. La seguridad cien por cien no es de este mundo y una de las caras de la evolución humana es reducir esa incertidumbre a su mínima expresión, pero no siempre hay voluntad colaboradora. A veces el propósito va en sentido contrario. En la reciente operación especial de la Guardia Civil para detectar consumo de drogas entre los conductores de transporte escolar, sólo en un día tres de ellos dieron positivo en Castilla y León. Los niños son el futuro, pero sobre todo el día a día de quienes tienen que cuidarlos. Hasta los fallos de las máquinas, que siempre son técnicos, tienen detrás una mano que no actúo a tiempo o no lo hizo bien. Al final, todo son errores humanos, lo mismo en la cabina de un tren, en la vigilancia de un recreo o en la de un autobús escolar. Un fallo humano atrapó a una pequeña dentro de uno. Me dirán que los hay peores. Sí, claro, cuando le sobra la cocaína a un chófer o le faltan tornillos al suelo a esa portería que un mal día se cae sobre niños que juegan.

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