Matar a Egon Schiele

FRANCISCO APAOLAZA

El mundo avanza, relativamente. Egon Schiele ha vivido la misma historia dos veces en un siglo. Nació en 1890, hijo de un ferroviario. Primero pintó trenes, y pronto cortó las cintas del corsé de lo establecido para abrirse a un arte nuevo y distinto. Son curiosas las necesidades de algunas personas de seguir su camino. Yo acabo de cambiar la orientación de la mesa de mi despacho y soy otro. Schiele fundó con Klimt -su maestro-, Kokoshka y Moser la edición vienesa de la Secesión, un movimiento emancipado de lo oficial que tuvo su eco en varios países y que celebra su centenario. Boris Izaguirre reconoce en Schiele el primer 'milennial'.

Se expresaba en una línea tan potente que casi se independizaba de su voluntad, así que el trazo seguía su camino sin correcciones, de manera definitiva, hasta el final, y lo poseía sin solución de continuidad. La línea, gruesa y abundante era indiferente a que la modelo se moviera o incluso saliera del cuarto. La oscuridad de Viena fue tapándole los poros, hasta que se largó con Wally, su novia, a vivir a un pueblo. Lo detuvieron en 1912 por pintar muchachas demasiado jóvenes. Le condenaron a tres días de cárcel y quemaron su cuadro. Aún no había Twitter. Se quejó del episodio en los títulos de sus siguientes obras, como estos: 'Me siento purificado, no castigado' o 'Reprimir a los artistas es asesinar una vida en gestación'.

La línea Schiele abría en la obra fracturas abiertas, conceptos astillados. Esa línea hablaba de la destrucción física y psicológica del hombre. En los cuatro años que duró -murió de gripe española en 1918- dibujó una constelación de desnudos de hombres delgados y mujeres rotundas, orgullosas de unos cuerpos que, engarzados en abrazos fríos y poses absurdas que desafian las reglas del espacio. En ocasiones se hacen livianos y, en otras, pesadísimos. Ahora creo que el mundo se detuvo entonces, con su muerte. Un siglo después, los cuadros de Schiele se han expuesto en el Metro de Londres y les han puesto un cartel sobre las partes sexuales que dice 'Lo sentimos'. Las consideran pornográficas. Lo han matado por segunda vez. Resulta descorazonador que desafiara las reglas del arte y compusiera toda su poética para que alguien un siglo después siga temiendo que alguien en algún momento corra el riesgo de asomarse a sus obras y ver en ellas un culo. También en el trasero un tipo se ha tatuado el rostro de Puigdemont con aspecto 'quincedejulístico' de haber dormido poco. Lo ha hecho porque le admira «por quedarse con todos». Dijo Schiele: «Los artistas siempre vivirán». Veremos.

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