El máster

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Quédense con la cara de Cristina Cifuentes porque Rajoy no tardará mucho en definirla como «esa mujer de la que usted me habla». Me he acostumbrado con los años a descreer de los políticos en general y de los iluminados muy en particular. Y Cifuentes engrosa esa lista de nombres que surgieron en pleno cataclismo de corruptelas para emerger como recambio hacia la regeneración pero, ay, tarde o temprano se acaba viendo que todo era una operación de marketing perfectamente orquestada para intentar tapar la nariz del pozo nauseabundo de todo el PP de Madrid.

Y así las cosas, la misma lideresa que reemplazaba el ajado retrato de Esperanza Aguirre en la Villa y Corte se ve ahora envuelta en esta historia chusca de un máster fraudulento que supuestamente hizo, que le firmaron convenientemente en la Universidad Rey Juan Carlos y que ahora investiga la Fiscalía. Hace tiempo que esto de las universidades privadas desprenden un aroma extraño. Proliferan como setas, algunas de ellas incluso con una web como única sede visible. Y aunque hay otras que son serias, las hay que más bien parecen un remedo de aquellos legendarios cursos de CCC. Y luego no me negarán que resulta sospechoso que sus listas de alumnos eméritos coincidan a menudo con las de generaciones completas de partidos y de alguna que otra corporación.

Porque, al final, esto de Cifuentes no es más que otro síntoma, otra arista de toda una época. Pienso en la presidenta madrileña y es inevitable compararlo con el esfuerzo de tantas familias para proporcionar una formación a sus hijos ante un futuro incierto, que esa misma clase política que se saca los posgrados a fuerza de pasta y sin pisar el aula es incapaz de mejorar. Y me vienen a la cabeza todos los desvelos y las vicisitudes que hay que superar desde que uno se matricula por primera vez en la universidad hasta que logra meter la cabeza en el mercado laboral de la mano de una beca, unas prácticas mal remuneradas y el golpe de suerte que te permite cumplir el sueño.

De los gobernantes se espera eficacia y responsabilidad en su gestión. Pero, sobre todo, honestidad. Especialmente, tras tanta mierda acumulada en el engranaje del sistema, sin excepción de partidos y regiones. Aquí hemos vivido el saqueo público de Algeciras a Ferrol, de Olot a Salamanca. Por perder, hasta se nos ha ido la capacidad de sorpresa con cada nueva prevaricación. Por las radiales de la democracia circula el latrocinio endógeno de unos dirigentes llegados aquí a llenarse los bolsillos con nuestro dinero y salir a la fuga por la puerta de atrás antes de que la Justicia o una investigación periodística los deje al descubierto. Y se les olvida que ni la honradez ni los títulos de universidad se compran.

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