Más de 300

Contar el mundo y la ciudad cada lunes. Pese a los agoreros

JESÚS NIETO JURADO

También fue lunes, también fue mi cumpleaños y también fue columna: la primera en estas páginas. No diré los años desde aquella primera columna con ustedes, que toda vista atrás es una pedantería que raya con el olvido. Desde entonces hemos venido aquí contando el mundo y contando la ciudad cada lunes, cuando el primer café y el primer periódico vienen entrelazados, cuando aún no se han puesto las calles y las sardinas están a punto de salir a Madrid y a Córdoba. Sucede que toda columna de mañana es algo novia del amanecer, y los lunes con mi columna me evocan a un ciclo nuevo que quizá empiece en esa hora en que la niebla y la primera tinta se confunden con los gorriones perdidos en las altas torres de Huelin. Soy intruso del Norte, pero el espigón y Málaga son también mis nortes, a pesar que haya hecho 'milis» por todas las esquinas de la patria. Toda columna, esta columna, no es más que un momento condensado de alguien que mira y canta en derredor. Mirar la primera columna es recordar que escribí algo sobre Javier Arenas, que el debut en la cabecera de mi tierra coincidió con mis veintitantos, y que la fotografía, a pesar de las súplicas tiernas del maestro Alcántara, no me gustaría que me la cambiaran.

Pongamos que hemos pasado aquí de largo de las 300 columnas, y que escribiendo sobre el latido de la ciudad entendemos mejor esa secreta armonía por la que el Paraíso avanza: a pesar de todo. Ahora me contempla la edad de Cristo, y en estos años hemos ido perdiendo novias, bicicletas, pelos. La ciudad se ha tuneado para bien, y en todas estas 300 columnas hemos escrito de amigos que se fueron, de unos cuantos que parecen empeñados en dejar a Málaga sin ese Faro de Alejandría que ponga a la urbe, para siempre, en la vanguardia del Mediterráneo.

Este cronista intruso ha visto un país a punto del colapso cuando los fuegos del 1 de Octubre, pero también ha perfilado con amor y periodismo a Pablo Ráez o Chiquito de la Calzada, con quienes tanto quisimos, y quienes nos devolvieron el uso emocionante de la palabra «paisano». Gracias a la columna y a volver al pálpito de la provincia he vuelto a enamorarme, en Ronda, del cielo y de la Sierra; o he vuelto a pasear por ese Torremolinos que fue y es nuestro Nueva York más próximo, de la mano de un navarro que sabe ya que el Bajondillo es su patria. Escribir la ciudad es escribirse a uno mismo en lo más cercano y lo más querido, por mucho que ahora llueva y falte sangre en las reservas. Ya dijo Durrell aquello de que toda ciudad es un mundo si amamos a alguno de sus habitantes. En 300 columnas hemos aprendido a ver Málaga desde la visión de sus habitantes, y aunque quede mucho por aprender, sabemos que la escritura en prensa es algo mitológico que nunca cesa. Y en ello persistimos frente al agorero. Perdonen por este balance apretado, que la memoria histórica acostumbra a venir cargada de futuro.

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