Martes de carnaval

JUAN FRANCISCO FERRÉ

El carnaval existe para que el resto del año pensemos que la realidad no es un carnaval. Que las máscaras y disfraces del mundo no son tales, me dice mi acompañante con gesto serio, sino verdades indiscutibles. Hemos salido juntos a ver qué se cuece en la calle durante el festejo popular. Mi amigo está preocupado por mi ánimo. Mi problema es sencillo, le digo. Yo quisiera ver este mundo desde la perspectiva de la otra ribera. Pienso que ha pillado la cita. Error. No entiendo por qué te puede interesar ver el mundo con los ojos marrones de Albert Rivera, me contesta. No me río con el chiste fácil y menos rodeado de chirigotas que me hacen sentir un comparsa más en el desfile de la vida.

Me gusta que este año el miércoles de ceniza coincida con el día de los enamorados. Creo que el calendario, por una vez, aclara las cosas. El cuerpo al cuerpo y el polvo al polvo. Mi amigo apenas sonríe. Cualquier irreverencia religiosa la considera ofensiva. Te veo en sintonía con el regreso de la censura inquisitorial, le digo. No sé de qué me hablas, replica. Le cuento. Zapeando me encontré el otro día con un reportaje sensacionalista sobre cerdos moribundos y mataderos esclavistas y, en otro canal, el escándalo de un joven que suplantó la efigie del Cristo de la Amargura por la amargura de su jeta de paria vitalicio y lo acusaron de grave profanación y plagio.

Es domingo de carnaval y un teatrillo de títeres escenifica en un callejón las mentiras de la actualidad. La mascarada política desfila por el exiguo escenario con una retranca esperpéntica que nos seduce enseguida. Unos fantoches se arriman con avidez a un exuberante jamón ibérico hasta que los cuernos de la UCO les caen encima como una maldición gitana. Otros muñecos montan una pantomima circense para nombrar presidente o se pelean como rufianes ante el juez por repartirse las culpas del pastel podrido de las comisiones. Un monigote con pelucón negro sale entonces a escena entre carcajadas. Se desprende del bozal y se presenta como «portavoza» de un grupo revolucionario que triunfa en redes asociales y fracasa en las encuestas oficiales. Anuncia la expropiación fulminante del «Valle de las Caídas» antes de esconderse tras el telón en cuanto aparece la marioneta de la armadura naranja. El caballero incorruptible arrastra encadenado a su montura a un vejestorio que se ha vuelto indeseable para la grey. El barbudo está más amortizado, apostilla mi amigo, que el ídolo catalán del flequillo atravesado.

Me cansa tanta caricatura grotesca y le ruego a mi colega que nos marchemos. La crueldad española es fea y antipática, decía Valle-Inclán. Menos mal que hoy se acaba el carnaval y mañana volvemos a la cruda realidad de los telediarios.

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