La marca de una fábrica

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Que seamos una de las pocas ciudades milenarias con nombre de vino tiene poco que ver con que durante tanto tiempo las posibilidades de la cerveza más arraigada en Málaga hayan estado congeladas en un rincón, y eso que la Victoria nació en 1928 en una tonelería perchelera. La ciudad vinatera no ha dejado de ser cervecera y ahora lo es algo más. Lo de volver la edad dorada de una tierra que respire vino por las calles, como les pasa a Jerez o a Sanlúcar, queda aún muy lejos pero sigue ahí como sueño posible. El vino en cada lugar se esfuerza por levantar cabeza entre el maniqueismo patrio -¿rioja o rivera?-, pero la hora actual es la de la cerveza, y no es poca cosa poder cantar victoria con un proyecto mediano de la mano de un gigante del sector. Una fábrica regresa a Málaga y con ella algo más que burbujas identitarias para el inconsciente malaguita. De entrada serán 1,2 millones de litros al año pero sobre todo una ambición con previsiones de crecer y de hacer más cosas por la ciudad que unir con acierto la malta tostada, el lúpulo y la levadura según los secretos del librillo de cada maestrazo cervecero. Es muy difícil el parto de una fábrica en la era de la industria 4.0, y esta de Victoria, que se ha hecho en apenas un año, llevará felicidad a muchos, pero sobre todo al medio centenar de trabajadores que saben que cada botella viene con un genio invisible dentro que les trae empleo y sueldo. Grandes, medianas y pequeñas cerveceras artesanas se baten por un mercado que vive hoy una competencia a todo gas. Los tiempos corren a favor de la cerveza y las marcas con larga tradición no se duermen. La remota bebida tan cotidiana es un hallazgo milenario de la humanidad con epicentro en Baviera y sucursales en todo el planeta. La cerveza anima como pocas cosas la fiesta de los iconos vintage que se busca y reinventa como hace mil años, cuando el lúpulo brilló en el juego oscuro de aciertos y errores con todo tipo de plantas.

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