MARBELLA ES PUERTO

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

LAS demás, caletas iba a decir pero me acordé que habría que extenderse demasiado para que se entendiese esta afirmación. No. Nadie diría, con un elemental conocimiento de la zona y de la geografía, una burrada igual. En el mejor de los casos, es una ensenada, una parte de mar que entra en la tierra porque desde Calaburras hasta la desembocadura del río Guadalmina, el litoral forma un auténtico seno que se aprecia muy bien desde lo alto. Muy bonito pero no sirve para atracar ni siquiera para cobijarse de las olas. Sin embargo, la mano del hombre (y de la mujer, como no) ha construido por lo menos cuatro puertos. Desde el visionario don José que rascando la montaña nos regaló un atractivo internacional que lleva su apellido y que no hemos podido estropear del todo, a pesar de que no han sido pocos los esfuerzos desplegados. El que denominamos así, por antonomasia, como si no hubiese otro, obviando lo de Deportivo, porque de eso tiene poco, que vino a sustituir el fondeo que existía no hace mucho, por supuesto, el de La Bajadilla y el de Cabopino. El que está más al poniente cobija los barcos de mayor calado y sigue siendo uno de los mayores reclamos con que contamos. El del pueblo, cuya concesión a los afortunados que navegamos desde allí está próxima a vencer, el de oriente que es pequeño pero estupendo y el de pescadores cuya transformación no termina de arrancar. El proyecto, que tantas ilusiones despertó hace casi una década, se ha ido al garete y nunca mejor empleada la expresión, sinónima de a la deriva.

Hace un tiempo vino un señor oriundo de Catar, muy bien avalado, con una fortuna impresionante como la que disfrutan todos, pareciera, los que proceden de esas tierras donde a los perros los atan con longanizas, aristócrata, pariente de la casa real de allí, condición que también parece adorna a la mayor parte de los habitantes de ese país ya que las familias tienden a ser muy numerosas. A todos sus integrantes se les asigna un título, de jeque, en este caso, como la película de Rodolfo Valentino. Se fijó en nuestra provincia para traer una parte insignificante de su fortuna. Se compró el club de fútbol, creo que contrató a los jugadores y entrenadores necesarios para hacerlo subir a primera división, donde por cierto, mientras cuatro o cinco equipos sigan jugando no hay nada que hacer salvo servir de palmeros para que los otros ganen y se disputen los primeros puestos. La cosa no parece que vaya muy bien. Constituyó una Unión Temporal de Empresas con el Ayuntamiento para licitar la ampliación de ese icónico puerto obra que harta falta nos hace porque en el mar sucede lo mismo que en tierra: hay más vehículos, barcos en este caso, que lugares donde cobijarlos cuando no están en movimiento. Y la cosa es mucho más grave porque, a las malas, el coche se deja en la calle si no hay plaza de aparcamiento disponible pero tal posibilidad no cabe en la náutica. La falta de puestos de atraque frena la venta ya que nadie, en su sano juicio, se embarca si no tiene un sitio donde volver, agotada la travesía.

La Agencia Pública de Puertos de Andalucía, probablemente obnubilada por los antecedentes del señor en cuestión y de sus millones, y, además, por la intervención del consistorio, adjudicó en concurso público la ejecución de las obras que iban a estar listas en plazo breve. No fue su UTE la única que aspiró a quedarse con la concesión. Los perdedores, recurrieron y, con la agilidad propia de los tribunales de lo contencioso administrativo, han conseguido que, después de seis años y con cierta ignominia, se anule la adjudicación y la posterior concesión en una sentencia que, sin cortarse un pelo, declara que no había solvencia ni económica ni técnica, ni experiencia demostrada, ni cumplimiento de los requisitos y que, además, el Ayuntamiento tampoco debería haber participado en la convocatoria.

Después de todo este tiempo, hemos vuelto a la casilla de salida y seguimos padeciendo de la carencia de atraques.

No sé si hacemos las cosas muy mal o si la justicia, lo que no puedo aceptar, nos tiene ojeriza pero cada vez que sale una sentencia que nos afecta, nos quedamos, como se dice en román paladino, con las patas colgando.

Y con un Plan General de Ordenación prehistórico.

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