Malas y buenas noticias en el mundo de las noticias

Malas noticias en el mundo de las noticias: los diarios impresos agonizan. Muchos de los diarios online no encuentran modelos sostenibles. Los lectores abandonan a los medios de comunicación y pasan a informarse, participar en el debate público, entretenerse y relacionarse por canales alternativos. La información fluye tan abundante que pocos lectores pagan por ella, incluso aunque sea exclusiva. La opinión se ha pervertido; ya no es independiente y de experto, sino dependiente del sesgo ideológico.

La publicidad impresa se derrumba. La publicidad online se abarata y se va sobre todo a las grandes multinacionales tecnológicas. Los anunciantes logran que los medios presenten sus mensajes comerciales como información. El poder usa la publicidad institucional como un instrumento para controlar a los medios. El dinero público en otras modalidades -subvenciones, concesiones administrativas, compras masivas de ejemplares...- ata aún más corto a la prensa. La deuda asfixia a las empresas mediáticas. El modelo económico salta por los aires.

Las ruedas de prensa sin preguntas pasan de anécdota infrecuente a categoría recurrente. Los editores ceden a las presiones del poder y entregan cabezas de periodistas. Los periodistas se autocensuran. Los poderes cercan a la libertad de prensa con leyes mordaza. Se extiende el «periodismo de Estado», que calla más que lo que cuenta. El periodismo y los medios abdican de su función social. Gatitos sin uñas, acaban siendo -como auguró Noam Chomsky- la industria de las relaciones públicas de las élites financieras y políticas.

Soy periodista casi por accidente. Vine hace mucho a Madrid desde mi Burgos natal porque quería ser escritor. A los veintipocos años tenía dos licenciaturas (Periodismo y Filología Hispánica), dos hijos, algunos modestos premios literarios, una vida algo menesterosa y ningún empleo estable. Pocas semanas antes de unas oposiciones a profesor de instituto de lengua y literatura, un reportaje que hice por mi cuenta y vendí a puerta fría en un gran diario cambió mi vida. Me llamó un alto cargo del periódico, me encargó muchos reportajes y me convenció de que no me presentara a las oposiciones.

Llevo casi cuatro décadas de periodista. Radio, televisión, semanarios. He pasado los últimos 28 años en seis diarios diferentes, en cuatro de ellos en el equipo fundacional de dirección. En esa trayectoria, no recuerdo trompetas del apocalipsis tan sonoras -o tan horrísonas- como las actuales. «El periodismo ha muerto», proclamamos nosotros mismos, los periodistas.

No lo creo. El periodismo está enfermo, pero hay indicios de que evoluciona favorablemente dentro de la gravedad. El cuadro médico detallado arriba tiene un gran telón de fondo. El periodismo, como muchos otros mundos, está experimentando un cambio de paradigma. La revolución tecnológica, la globalización y la crisis económica mundial han provocado un súbito cambio de nuestro hábitat, y sufrimos gravísimos problemas de adaptación.

En el magma de malas noticias, afloran algunas buenas noticias: Viejos medios que renacen de sus cenizas con su transformación digital. Nuevos medios que ensayan con éxito nuevos modelos de negocio. La recuperación de nuestra función social. Un creciente sentido ético en el desempeño del oficio. Nuevos empleos cualificados gracias a la tecnología...

Si afrontamos el nuevo hábitat no como una dificultad sino como una oportunidad, el periodismo, en fin, revive.

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