Málaga no se vende

Manuel Castillo
MANUEL CASTILLOMálaga

En las grandes ciudades españolas, como Barcelona, Valencia, Madrid o Málaga, se está extendiendo un movimiento ciudadano que reclama esencialmente «el derecho a una vivienda digna; la defensa de los servicios públicos y los espacios y bienes comunes, y también de los espacios naturales y verdes», y la apuesta «por una ciudad que ponga en el centro a los ciudadanos y a las personas». Bajo el lema de 'Málaga no se vende', esta iniciativa congregó ayer a varios cientos de personas, muchas de ellas de colectivos como 'En defensa del Arraijanal', 'En defensa de nuestro horizonte' o el 'Sindicato de Inquilinas'.

¿Quién puede estar en desacuerdo con esos principios? ¿Hay alguien que no quiera ciudades más habitables, más ecológicas y más sostenibles? El concepto de lo local frente a lo global gana adeptos por la presión del desarrollismo feroz cuyo principal efecto es una homogeneización de los entornos urbanos, convertidos muchas veces en franquicias que se confunden. Cuando uno pasea por Princes Street en Edimburgo, por Grafton Street en Dublin, por Oxford Street en Londres, por la Gran Vía en Madrid o por Calle Larios en Málaga tiene tantos lugares y escaparates comunes que uno parece estar permanentemente en la misma ciudad, despersonalizadas.

Sin embargo, parece evidente la necesidad de buscar equilibrios que permitan compatibilizar la protección de las ciudades como lugar habitable y el desarrollo económico. Tan negativo es dejar manos libres al crecimiento feroz como aplicar un proteccionismo exagerado.

Y un buen ejemplo es el casco histórico de Málaga y el modelo de alquileres vacacionales. El centro era hace 25 años territorio comanche, inseguro, sucio e inhóspito, tanto que todo el ocio estaba en la periferia, bien en Pedregalejo, Malagueta o Torremolinos. Gracias a la peatonalización, a la hostelería y a la llegada de grandes cadenas el centro se transformó y creo que para bien. Es más, diría que como un modelo de éxito. El alquiler vacacional, por ejemplo, ha permitido regenerar zonas como Carreterías y su entorno, que estaban muy degradadas hace sólo unos años.

Por tanto, de lo que se trata es de compatibilizar el desarrollo turístico y económico de las ciudades con el modelo de entornos urbanos amigables, donde el ciudadano, efectivamente, sea el centro sobre el que orbiten las políticas urbanas. El movimiento 'Málaga no se vende' es el resultado lógico de una inquietud, de una preocupación. Transporte público, movilidad, regulación de alquileres vacacionales, garantía de acceso razonables a alquileres residenciales, zonas verdes, protección del comercio local, etc. son medidas prioritarias, pero también compatibles con un modelo productivo basado en el turismo, la tecnología y la cultura capaz de mejorar las condiciones económicas tanto de empresas como de sus trabajadores.

Ese es el gran reto de las administraciones públicas y sus políticos: el punto de equilibrio basado en el sentido común, porque las posiciones extremas, necesarias como contrapeso, nunca han logrado soluciones satisfactorias. Málaga no se vende, ni a unos ni a otros.

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