El Malaferia (y 3)

El Malaferia vive en un inacabable lunes. Sin resaca ni restos de sonrisa

JESÚS NIETO JURADO

Lo imagino con el ordenador al rojo vivo. Un maratón de series de viernes a domingo. Las ventanas de su casa cerradas para que no le llegue el resol de una ciudad en fiestas, ni siquiera el rumor alegre de esos estudiantes de Español que esperan el autobús para el Centro. El teléfono apagado, no vaya a ser que un primo, un compañero del trabajo, incluso un ligue del Tinder lo líe para acabar en el Real.

Lo pienso comprando condumio 'sanote' en una gasolinera del extrarradio: un paquete de huevos y precocinados, y rezando por no cruzarse con alguien que lleve una sonrisa en la cara. El Malaferia ya está aquí, un año más: o mejor dicho, no está ni se le espera en ese trozo de ciudad donde le puede llegar el aliento a Paraíso de la biznaga. El Malaferia es un habitante triste de estos días festivos, o incluso la nota de color contraria a una ciudad que necesita sus asuetos a la sombra del farolillo. Yo al Malaferia se los presenté en estas páginas, hace cosa de un año, y desde entonces no ha sido ni para desmentir mi teoría.

Y es que, de una Feria a otra, este paisano poco amigo de cohetes y de todo lo que conlleva una ciudad alegre y confiada mantiene un perfil bajo; acaso opina con colmillo sobre los asuntos más candentes de la urbe, pero las redes sociales las lleva más bien apagadas. El Malaferia cree que cuando la ciudad vive, cuando los turistas se integran y hay las primeras sonrisas, ya no se halla en sí. Este tipo, que vive siempre en lunes, sostiene sin decirlo en claro que la urbe no está hecha para la diversión, y que todo grupo de verdialeros o de foráneos son sospechosos de perturbar su descanso de agosto. Desde hace dos semanas lo traen sin vivir en sí los packs de 'pálido de Málaga' que venden en el supermercado.

El Malaferia puede ser hombre o mujer, que en esto las cuestiones hormonales influyen más bien poco: se trata de ser un eremita cuando media agosto. La edad también es cuestión indeterminada, que para convertirse en odiador de las fiestas no se precisa de una tradición previa, sino más bien de un repentino tic antisocial. Al Malaferia le pirra una Málaga chata y congelada en el XIX, y que no haya un edificio que le recuerde al futuro, y que siga la ciudad estancada en sus peores años. El Malaferia, y esto es lo curioso, ha creado un pequeño lobby y gusta de aquellas tradiciones de la Málaga que más le convienen: Feria no, desconchones sí. Quiere pasar por intelectual, algunas noches de insomnio pega a su modesto blog largos tratados de ciudades donde no hay Feria y atan -según su parecer- los perros con longanizas.

Pero la grandeza de nuestra fiesta está precisamente en ir evolucionando a pesar de sus detractores.

En todo caso, yo empiezo a sospechar de quienes se oponen por principio al jolgorio. A la vida. A nuestra forma de ser.

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