Majaras

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Hay que sentirse muy lejos de la sociedad, o ser un descerebrado, que tampoco hay que descartarlo, para dedicarse a quemar contenedores y destrozar mobiliario público. El vandalismo nos cuesta a los malagueños una media de 1,7 millones de euros anuales, y eso sin sumar lo que pagamos por sustituir los retrovisores arrancados y ocultar los arañazos deliberados en los coches. Con el dinero que gastamos en reparar majaderías, que ahorraríamos si todo el mundo supiera acudir a tiempo a un buen psicólogo, podríamos financiar la representación de España en Eurovisión durante los próximos cuatro años, porque la televisión pública paga cerca de medio millón por aparecer tres minutos dando la nota en un festival que no ganamos desde 1969. Con Franco cantábamos mejor. A los representantes de esta edición, Amaia y Alfred, tampoco les ha salido rentable la actuación; casi acaban últimos y, por si fuera poco, se han llevado las leches de la derechona más rancia por regalarse un libro titulado, oh escándalo, 'España de mierda', de Albert Pla. Al menos leen, que ya es más de lo que puede decir la mayoría de sus detractores. Estamos perdiendo sentido del humor, que es mucho peor que perder en Eurovisión. Los jueces sientan en el banquillo de los acusados a raperos y revistas satíricas y hasta consideran posible injuriar a Dios. Con la piel tan fina cualquier pellizco parece un navajazo.

Mientras nos perdemos en el empeño absurdo de construir un país cada vez más santurrón, la vida pasa como si fuera a llevarnos por delante y ni siquiera nos diésemos cuenta. Los precios de los alquileres han crecido doce veces más que los salarios mientras los centros de las ciudades comienzan a parecer fortificaciones prohibitivas para mileuristas, aunque las estadísticas dicen que los españoles ganamos unos dos mil euros mensuales. Hay mucha gente preguntándose cuánto deben de cobrar quienes elevan tanto la media, porque las cuentas solo les salen a unos pocos aunque los esfuerzos nos los piden a todos. Necesitamos turistas y hasta les ponemos una sonrisa, pero también merecemos la posibilidad de acceder a una vivienda en nuestra propia ciudad sin vender un riñón, por mucho que tengamos otro. Como un aviso que desoímos, va incrementándose el número de personas relegadas a la periferia, con contratos basura y sueldos raquíticos o congelados pese a que alquileres y precios se han disparado. Lo que sorprende, con semejante caldo de cultivo, es que no haya más majaras por metro cuadrado.

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