La magdalena y la muerte

La obesidad está relacionada con la lectura. Y, todo, con las magdalenas

Pablo Aranda
PABLO ARANDAMálaga

En Extremadura leen menos que en Andalucía, pero nosotros estamos más gordos. La obesidad y la lectura están relacionadas, y no porque mientras uno lee en el sofá deje de levantarse a por otra magdalena, sino porque en los hábitos alimenticios influyen la cultura y el salario. Si uno posee conocimientos de vida sana y tiene dinero en el bolsillo, se compra un kilo de tomates ecológicos, pescado fresco y leche sin lactosa, y si dispone de poco se compra una bolsa de magdalenas a un euro, que retrotraen a la infancia, como narraba Proust buscando el tiempo perdido, que necesitó siete libros para encontrarlo. Pero si en Andalucía estamos gordos en Galicia y sobre todo en Asturias es que no caben. Si todos los gallegos caminasen la mitad de rápido que Rajoy Brey el problema quedaba medio solucionado. La asturiana cuando pesa pesa de verdad. Como el asturiano. Precisamente es asturiano el protagonista de una sentencia judicial curiosa. No sabemos cuánto pesa ni nos importa. Resulta que ha cumplido los veintinueve años y desde los dieciocho ni estudia ni trabaja. Su padre presentó una demanda para dejar de pasarle 550€ de pensión y al enterarse, el hombre tranquilo se matriculó en la UNED y trató de que su padre le aumentase la pensión. Es normal lo de la subida de la pensión. Ahora por ejemplo que el caliente oriente próximo está más caliente todavía el petróleo ha subido. Sube la gasolina y sube todo. Pero un juzgado de Gijón desestimó el intento del hijo prodigio, el cual es vago para lo que le conviene porque recurrió. La Audiencia Provincial ha estimado quitarle la manutención y se atreve a llamarlo parásito social. Desde su rincón de Asturias ha de levantarse a reconquistar todo lo perdido. Trabajar cansa, como escribió Cesare Pavese.

Tres de cada diez españoles en edad de trabajar ni trabaja ni busca trabajo. Algunos no buscan porque no encontrar también cansa. Y vivir, cansa. Otro buen escritor italiano, Primo Levi, se cansó de vivir a los sesenta y siete años. Se suicidó a pesar de haber sobrevivido al Holocausto. Anteayer murió en Suiza el científico australiano David Goodall. Goodall podría traducirse como todo bien. Se sometió a un suicidio asistido. Tenía 104 años y a lo mejor podría haberle bastado con esperar un poco. Asistir a la propia decrepitud no debería ser obligatorio. En el Congreso se ha debatido esta semana sobre eutanasia y muerte digna. El Código Penal castiga la eutanasia y se pretende que deje de hacerlo. No me atrevería a criticarle a David Goodall su decisión. Además del derecho a la muerte digna lo tenemos a la vida digna. En Málaga tres mil personas dependientes van a acceder al servicio de ayuda a domicilio. El tema de los cuidados también habría que tratarlo a fondo. La dignidad del dependiente y de la persona que ejerce el cuidado, casi siempre una mujer. Seguimos sin ocuparnos de lo importante, atiborrándonos de magdalenas. Una buena magdalena casera me sitúa en el absoluto presente. Me da vida, y eso que están de muerte.

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