Machinazis

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Llamar nazi a alguien puede salir caro. Al menos en España, donde hay varias sentencias por el uso injurioso de este término, la última al director de un instituto en Menorca que se refirió así a tres profesoras. También Miguel Ángel Rodríguez, exportavoz del Gobierno del PP, fue condenado a indemnizar con 30.000 euros al doctor Luis Montes, a quien llamó nazi por su defensa de la eutanasia y el derecho a morir dignamente. La cosa cambia cuando se habla de feminismo. Entonces todo parece estar permitido, desde las clásicas coletillas cavernícolas (ya saben: bigotudas, camioneras o locas del c*) hasta el hashtag #StopFeminazis, convertido estos días impunemente en tendencia nacional en Twitter, algo que ha dejado de tener mérito pero que por desgracia consigue su objetivo de hacer ruido contra el movimiento feminista.

La presidenta de la plataforma Violencia Cero en Málaga, Meli Galarza, calificaba ayer en estas páginas de «lamentable» el acrónimo, que trata de relacionar el Holocausto con la necesaria exigencia de igualdad entre hombres y mujeres. En efecto, la palabreja resulta tan lamentable como su origen, situado en los años noventa, cuando unos cuantos reaccionarios se opusieron al derecho al aborto, un debate que aún colea y que es mejor no sacar en reuniones familiares, especialmente en Navidad, por aquello de que se celebra un nacimiento, para colmo obra del Espíritu Santo. Ni eso le reconocen a María. Lo del machismo viene de lejos. Escuché mi reflexión favorita sobre el asunto en la desternillante 'Veep', la serie de HBO en clave de sátira política en la que Julia Louis-Dreyfus interpreta a la vicepresidenta de Estados Unidos: «Si los hombres se quedaran embarazados, podría abortarse hasta en los cajeros automáticos».

Convivimos a diario con realidades como la violencia machista, la brecha salarial o el techo de cristal, pero hay quien sigue resistiéndose a admitir que la lucha por la igualdad entre géneros resulta necesaria, por no hablar de los militantes de la equidistancia, orgullosos de no ser «ni machistas ni feministas», ese argumento entre casposo y hueco que aspira a la corrección política pero queda atrapado en el fango de la ignorancia. Sorprende que algunas minorías conquisten derechos con más celeridad que las mujeres, que constituyen más de la mitad de la población mundial. Sorprende pero tiene explicación; su empoderamiento, la gran revolución pendiente de nuestro tiempo, supondrá mucho más que un lavado de cara. La igualdad real entre géneros se materializará en una auténtica transformación social que alterará desde los roles familiares hasta la política o los consejos de administración de las grandes empresas. Y eso aterra a quienes ostentan posiciones de poder, ya sea en el terreno público o en la esfera privada. Por eso su reacción suena al coletazo de un animal herido y en peligro de extinción, auténticos machinazis con las horas contadas.

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