De luto y oro

Hay ya un luto de invierno que desmiente los calores

JESÚS NIETO JURADO

Qué tendrá la muerte de un torero que nos agrava tanto el semblante. Qué habrá de misterioso cuando un matador se nos va, que el recuerdo de tantas tardes se adensa, se nos hace insoportable, e incluso nos arrepentimos de haber sonreído y hasta de mirar al móvil mientras el héroe, de luces, iba dejándose el todo en la arena. Ha muerto Iván Fandiño, fuera de su patria, en un pueblecito bañado por el Adour en Francia. En esa zona del país vecino donde se estilan las tapas, y por verano hay animación en las arenas, y en esas mismas arenas cuelgan banderas de España sin ningún complejo. Allí fue a morir Iván Fandiño en la tarde del sábado, cuando aquí espantábamos como podíamos la canícula. Mientras expiraba sólo pedía que lo llevaran urgentemente al hospital, que sabía que moría. Y más tarde la foto de su agonía, cuando su cuerpo se llenaba de esa sangre negra, de esa hemorragia interna que es la noticia ya irreversible de que se ha ingresado al otro mundo. Dijeron los galenos que nada se pudo hacer por salvar su vida, que estaba ya condenado, y así sus últimas imágenes de este mundo fueron, quizá, un fundido a blanco, un gesto heroico de intentar burlar a la parca cuando la hemodinámica y la biología habían certificado otra cosa. Y casi al instante, la opinión del pueblo llano y malo alegrándose de su muerte. Muy temprano madrugaron en la tarde ardiente del verano los tuiteros a celebrar el fallecimiento con traje de faena de Fandiño. Fueron los de siempre, los perros antitaurinos que piden sangre siempre por estas fechas. Esa gente con la que compartimos estado humano en teoría, pero que en realidad dibujan una España negra con la que hay que compartir península, y que nos cruzamos cuando vamos al súper o sacamos al perro. Y aunque esta escoria de gentuza ladre y celebre este akelarre 3.0 por la muerte de Iván Fandiño, en cualquier finca entre Salamanca y Tarifa hay ya un luto de invierno que desmiente los calores.

Están tristes los pastos, y esta noche de sábado la Macarena ha tenido horas extras, pues que todo un país ha rezado por el alma del torero de Orduña. Sigo pensando en ese escalofrío que siento al ver las imágenes de Fandiño en el tránsito sangriento hacia la eternidad. Hará unas semanas celebraba yo con el ex matador Joselito Ortega (él sí volvió a la vida desde las profundidades seguras de la muerte) el nacimiento de su segunda hija. Pienso en el campo de cardos en el que se convierte España, la mala España, cada vez que un morlaco le parte el alma a un torero en esas plazas de tercera que llevan de incógnito a Pozoblanco y a Linares.

Murió Iván Fandiño y su muerte tuvo que compartir portada con las venganzas federales de Pedro Sánchez. Porque el morirse es arbitrario y el verano, este verano, peligroso y negro.

Fotos

Vídeos