Lujo a la vista

No es descartable que antes que los megayates atraque de nuevo el 'argumentario Icomos'

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

No sería nada extraño que ante los ambiciosos planes privados por invertir en Málaga en una marina para yates de lujo -valga la redundancia- empiece a calentarse a fuego lento cierta sopa demagógica de sabor conocido. Es la que echa a pelear el turismo exclusivo con el paro, el glamour nocturno en cubierta con la precaria realidad laboral del que pasea y las pensiones de miseria con los trajes de noche y los tacones de los 'blahnik' como pisadas ofensivas en suelo público. El lujo es imagen, pero la tiene muy mala entre nosotros, donde ha triunfado históricamente como esa etiqueta fácil en la que buscar la razón última con trazo grueso de las desgracias del pueblo. Que no se haga un banús II en La Bajadilla en Marbella no es culpa del lujo, sino de las formas de un jeque que sisa hasta en el aval. Estamos acostumbrados a los reveses en este tipo de proyectos llamados a cambiar el paisaje urbano pero que a las primeras de cambio nos dejan cara de tontos. Seducir con una tarjeta de visita, y no con la letra pequeña de buenos contratos y proyectos debiera ser una asignatura superada en Málaga, donde la oferta del lujo como motor económico no implica la anuencia bananera al promotor. Recuerden los primitivos proyectos británicos para el muelle 1, afortunadamente hundidos aunque fuera por el desencuentro urbanístico puerto-ciudad que hoy no existe. Málaga tiene mimbres ya para estar a salvo de quien no quiera jugar limpio, pero quedan demasiados prejuicios de abajo a arriba. No hace ni un año había que leer algún análisis cerril que criticaba la apertura del hotel Miramar Málaga porque la mayoría de la población no iba a poder tomarse un café allí. Ese hotel y el que se proyecta en el dique de levante son ya el viaje de novios de un matrimonio de conveniencias aún mal avenido entre Málaga y el lujo. Estamos aún embarcados en una absurda guerra, en un ejercicio de miopía tierra-mar que ha alcanzado a la Unesco con misiles averiados sobre la estética de la torre. Ahora llega una probable dársena, también con algún edificio, para poner a Málaga en la ruta del sibaritismo náutico. No es descartable que antes que los megayates atraque de nuevo un 'argumentario Icomos' que apele a la melancolía del club de botes y al puesto de papas asadas para preservar el 'encanto' del morro de levante. Aún recuerdo el proyecto de una exclusiva marina en Arraijanal, donde la cosa no iba de ganarle terreno al mar, sino de que entrara en una pequeña venecia con velero en la puerta. Al final, entre mil secarrales urbanos donde elegir, el jeque dijo que allí iría su Academia, un caprichoso lujo en el que la ciudad calló y perdió no sólo los 60 millones para expropiar suelo. A los ricos hay que facilitarles invertir según y como, perseguirlos si evaden, pero dejémosles venir a Málaga incluso después de ir a la RAE a pedirle que les suavice el significado de lujo. Allá ellos y el diccionario. Nosotros queremos que corra su dinero, esa vulgaridad que a veces viene con mucha clase.

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