London Eye, Málaga Ay

Aquí nos encantaría que hubiera en el puerto un London Eye, pero en el que se vea Londres

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Hay una fantasía recurrente en nuestros sueños que consiste en que algún día se haga en Málaga algo que deje a todo el mundo contento. La noria de Málaga vuelve ahora a dar vueltas a la actualidad con una sensible reducción de su aforo. Han recortado el número de cabinas a la mitad y el aspecto a feria patronal de una población menor de 50.000 habitantes resplandece en el horizonte. La gente se queja y ya no sabemos con quién posicionarnos porque la razón, igual que el gusto, es una cualidad maleable que suele depender más de los argumentos o de la labia que de los hechos. Los promotores del artefacto dijeron en una ocasión que la noria se quedaría en Málaga «si los malagueños quieren». Claro que todo dependerá de a qué malagueño le preguntes. A los de enfrente les molestó en su momento que el dormitorio de su vivienda se convirtiera en una especie de 'peepshow'; mediante el empleo impulsivo de la persiana tuvieron que sumergir sus tareas domésticas en la clandestinidad. También se quejaron de la luz de la noria, pero del mismo modo ahora hay gente que se queja de que esté tan oscura o de que las luces se apaguen tan pronto. Nadie está contento. Nosotros tampoco.

No sé cómo les viene esto de bien a sus promotores. Hubo un tiempo no muy lejano en el que se aseguró que la noria tenía una afluencia media de 900 personas al día, una cifra asombrosa para los meseros de la zona, que tampoco lo veían para tanto. Ahora este drama de la reducción de cabinas da la razón a los camareros y pone la rentabilidad del fenómeno en entredicho, justo cuando los promotores están chapoteando en una prórroga, trabajando para concluir el majestuoso proyecto de 'Cacho noria' de 40 millones de euros: una fabulosa rueda de 100 metros de altura, 30 más alta que ahora, 35 más baja que el London Eye. Un asombro, un enorme tragasueños, una pegajosa trampa para turistas que ni siquiera sabemos si funcionará pero que en el fondo nos hace gracia tenerla ahí, tampoco nos hace tanto daño. Incluso valoramos el hecho de que la noria se convierta en un espectáculo en sí misma, absurda como medio de transporte, pero también mirador de distancias infinitas que se ha convertido en corpus de intrigas respecto a su propio futuro. Cuando los turistas se bajan de ella, sus siluetas dejan de dibujar círculos sino que se transforman en signos de interrogación. En junio de 2018 se subirá a la noria el último turista. Nosotros estaremos reincidiendo en invertir los diez euros que cuesta la entrada en tomar algo en la terraza de un hotel, a nuestra ciudad ya la tenemos vista. Aquí lo que nos encantaría es que hubiera en el puerto de Málaga un London Eye, pero en el que se viera Londres.

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