Lolaland

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

Lola Montes nació en Limerick, Irlanda, en 1821. Algunos autores sitúan su nacimiento en Grange, también Irlanda. Aunque bautizada como Elizabeth Rosanna Gilbert, tornó su nombre a versión española cuando decidió dedicarse a la danza profesional. Dicen que nunca fue una gran bailarina, pero sí una mujer de inmensa belleza. Condesa de Landsfeld por nombramiento de Luis I de Baviera, vagó por Europa y América del Norte confundida por su propia beldad e inteligencia y la gran admiración que despertó allá donde estuvo. Madre de dos hijos, a su relación con el monarca bávaro cabe sumar tres o cuatro matrimonios y otras cuantas parejas. A los dos años vivía en la India, donde su padre estaba destinado como militar británico. Vivió en Escocia y en varias ciudades de Inglaterra antes de debutar en Londres como 'la bailarina española' en 1843. Se estableció en París, más tarde en Múnich y años después en Suiza. Tras residir un par de años en España con un nuevo marido, el oficial británico George Heald, se trasladó al oeste de Estados Unidos. Allí se casó de nuevo y volvió a actuar como bailarina en San Francisco con un gran éxito. Transida a conferenciante sobre política y la mujer, con su inigualable magnetismo personal y su contacto habitual con los hombres más influyentes, sus reuniones en Grass Valley convirtieron este salón de lujo en un punto histórico de referencia en toda California. En documentos y cartas encontradas de 'Lola Gilbert-Montes' se pone de manifiesto que conspiró con acierto todo lo que pudo para dar un golpe de estado en California y constituir 'Lolaland' como república independiente, un auténtico monumento nacional a su persona. Murió con sólo 39 años en Nueva York, siempre exiliada por sus sueños de sí misma.

Allá donde mires la historia nos enseña que los delirios y la ensoñación forman parte de nuestros orígenes, aunque por muy justificadas virtudes que puedan darse, difícilmente los íntimos deseos más inflamados llegan a verse convertidos en realidad.

En la Cataluña independentista, a las puertas de la pretendida investidura de un holograma digital de humana pinta, no es malo traer Lolaland a colación y ejemplo. Todos los sucedidos son diferentes, pero todos se parecen. Probablemente Puigdemont no está dotado de la belleza -a la vista está- de Lola Montes, ni de su inteligencia y seguro que bailar tampoco baila. La cabeza visible del engaño más atroz continúa en su cobarde periplo de fuga ornamentado de falsa dignidad. Su dieciochochesca actuación ignora la realidad a sabiendas y desprecia con cabezonería y miseria la inviabilidad moral y material de sus propósitos. A la hora en que la cárcel y su amenaza hacen caer las torres más altas de la secesión más injusta e infundada de nuestros días, algunos aún quieren seguir representando la obra de teatro más chusca de ningún autor conocido. No se puede exigir libertad ni democracia dónde más de ellas hay. No se puede pedir más inversión o más prioridad allá en la región que más preferencia ha gozado del estado durante los últimos dos siglos. No se puede pedir comprensión al resto de España desde las posiciones más egoístas e insolidarias. No se puede despreciar a nadie y menos aún a los propios catalanes a los que dicen querer 'salvar', mientras hunden sus posibilidades y envuelven en una neocrisis económica monumental para erigirse por encima de la estatua de Colón. Éste es el dislate en el que viven asonados unos mentirosos dirigentes a los que la historia y la gente acabará expulsando del horizonte. Desde luego, Tabarnia -quién mantiene a quien y quién vota la secesión no es una broma-, es el principio del proceso en el que los pocos que queden serán desenmascarados sin tapujos ni piedad.

En tanto ahí queda el sacrificio político de los que se han opuesto a que más de la mitad de los catalanes sea llevada a donde no quiere ir, los que se han negado a transigir con la ruina económica y social de la hasta aquí región más próspera de España -la fabriqueta-, con una población originaria de todos los puntos de nuestro país. El 21-D con suerte electoral distinta, los partidos constitucionalistas se dejaron la piel -esta vez la literalidad se corresponde mucho más que en otros casos con la realidad. Especialmente el PP, con su gobierno a la cabeza impulsando la aplicación del artículo 155 de la Constitución, ha prestado el servicio vital para parar la temeridad y la ilegitimidad, recibiendo el peor castigo electoral posible. Pero ha merecido la pena, para ganar hay que sufrir y a veces hasta hay que empezar por perder. Por cierto, Lolaland nunca se fundó y de la historia hay que aprender.

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