Locos

Los enfermos mentales piden el mismo derecho. Salen de su armario de plomo y dejan atrás la camisa de fuerza

ANTONIO SOLER

En un recodo del camino, saliéndonos del tránsito ruidoso de la política candente, de los avatares municipales y los resentimientos partidistas, damos con un fenómeno social siempre silenciado y que ahora, en esta crecida de los débiles y marginados históricos, también quiere hacerse oír en medio de la barahúnda informativa. Se refiere uno a los enfermos mentales y a sus reivindicaciones. Los locos, los tradicionales pirados, veletas, zumbados que también consideran la hora de salir de su armario, tanto o más férreo que el de los homosexuales. Si estos han sido condenados, y siguen siéndolo, en algunos países árabes como transgresores de las leyes divinas, los otros han vivido encerrados en los sótanos más umbríos, tratados igualmente como una vergüenza social y familiar.

Los homosexuales fueron tratados como enfermos mentales, desviados que podrían ser curados o que debían purgar su mal en una celda oscura, tratados con electroshocks y abandonados a su suerte. La sociedad ha dejado de asfixiarlos. Ahora los enfermos mentales piden el mismo derecho. Salen de su armario de plomo y dejan atrás la camisa de fuerza. Empieza a celebrarse el Día del Orgullo Loco. En Toronto viene haciéndose desde hace un cuarto de siglo. Aquí empieza a hacerse. Ya no se trata de imponer la antipsiquiatría ni de apostar por una u otra forma de terapia, sino de evitar la marginación, dejar de tratarlos como a estos enfermos como a los leprosos de la Edad Media. La sociedad tiene algo que decir y algo que asumir.

El filósofo francés Gilles Deleuze, muy influido por el ahora conmemorado mayo francés, elaboró junto al también filósofo Félix Guattari una teoría según la cual la esquizofrenia es una neurosis promovida intencionadamente por el capitalismo como estrategia para perpetuarse. La teoría, que en su momento fue rechazada por Sartre, puede ser demasiado arriesgada e hija de aquel momento, ya que la receta propuesta por el tándem Deleuze-Guattari proponía como solución que para combatir esa sociedad controladora era necesaria una invasión no violenta de las jerarquías por parte de «una resistencia sin jefes». En cualquier caso, ya apeados de aquel sueño medio psicodélico de finales de los sesenta, la sociedad no puede desentenderse de los daños ocasionados ni de cómo presiona a los individuos para que se ajusten a unos estereotipos prefabricados y artificiales. Es interesante leer, por ejemplo, la novela de Fernández Patón 'Grietas' para comprobar cómo las enfermas de anorexia son víctimas de una sociedad implacable y completamente delirante. Una fábrica de producir estos locos que ahora tratan de reivindicar su lugar en el mundo, su derecho a abandonar los sótanos. Andrés Trapiello cuenta en uno de sus magníficos diarios un encuentro ocasional con Leopoldo Panero, loco oficial, en Las Palmas. Allí, Panero le dice al autor del diario: «Cuando deje esto de la locura, voy a dejar la poesía y [...] voy a abrir un gabinete de análisis esquizológicos». Como quien deja una afición. Sin duda es algo más complicado. Pero el de Panero fue un claro ejemplo de cómo se puede estar loco y tener un puesto relevante en la sociedad.

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