Llegan los Presupuestos

Sin ir más lejos

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

El papel lo aguanta todo, y con más motivo ese minúsculo 'pen' en el que llegará esta semana un nuevo proyecto de presupuestos al Congreso. No es lo mismo la escena de ese posado de un ministro de Hacienda que sonreía a las cámaras ante varios quintales de documentos transportados en una furgoneta que mostrar un soporte mínimo sacado del bolsillo en el que, alehop, cabe cómodamente el Estado y los billones de todos. La sonrisa ministerial es la misma, y también los dineros, pero el cambio de iconografía juega hace tiempo a favor de trivializar la pedagogía de un ritual democrático tan importante como el de las cuentas. La furgoneta hasta arriba de cajas era una unidad de medida bastante popular que imponía mientras que el soporte de bolsillo conspira con su ecológica modernidad a favor de estos tiempos líquidos en que el dinero es virtual, pero su origen sigue siendo tan real como los impuestos. Es muy difícil por ejemplo que los 30.000 millones que venimos pagando anualmente de intereses de la deuda alarmen a alguien ocultos en la circuitería de un pendrive. Sin embargo, podemos aproximarnos mentalmente al billón de euros de nuestra deuda, a la vez que nos asustamos, con sólo calcular las furgonetas necesarias para acarrearlo y que caerán inexorablemente sobre nuestras espalda y las de nuestros hijos y nietos en la permanente patada hacia adelante que es la deuda.

Los peores efectos del dinero de plástico para la economía privada carecen del mismo poderoso efecto corrector en lo público. Es más, se convierten en estimulante para que las partidas de gasto tomen la consistencia de la plastilina y la rendición de cuentas cada año siga siendo una entelequia. Pero podemos dar por seguro que los casilleros presupuestarios más inverosímiles serán este año posibles con tal de apuntalar la legislatura. En el camino quedarán los jirones de esa inclinación natural de los partidos -del Gobierno y la oposición- a complacer de boquilla esta o aquella reclamación local, incluso la promesa de puente allí donde no hay río ni tampoco compañeros de partido de la provincia vecina dispuestos a apoyarla para no perder votos. La negociación presupuestaria no es campaña en sentido estricto ni tampoco una nueva entrega diferida de la regla D'hont, pero de ambas cosas tiene bastante. Los pensionistas ya son otra minoría mayoritaria residente en la patria del cabreo con voz y mucho voto, y le han puesto rostro social a las cuentas. Promete dar mucho juego entre guiños y enmiendas sobre tantas otras viejas reclamaciones. El resultado de la negociación aventura ingredientes inéditos en el mercadeo de concesiones aunque el despilfarro público que llegó a ser insultante en España será material inflamable para quien se atreva a insinuarlo y no moneda de cambio, así que la prioridad en ciertos gastos requerirá equilibrios y esfuerzos que hace sólo unas semanas figuraban en el perímetro del delirio.

El empeño en inversiones pendientes que pagarán el pato llevará al Gobierno a arriesgar en su funambulismo de soplar y sorber, en esa tentación de contentar a unos sin enfadar a otros territorios que para seguir siendo eficaces máquinas fiscales, como Málaga, no pueden soportar que las inversiones de futuro sean esas mismas del pasado que seguirán un año más por hacer.

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