Lo llaman democracia

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

La semana pasada el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) publicó su barómetro de julio. La notable subida en la intención de voto del PSOE distrajo nuestra atención de otros aspectos que, sin duda, resultan igualmente interesantes. Por ejemplo, la también notable subida de la preocupación por la independencia de Cataluña. El porcentaje de la población española que menciona ese asunto como uno de los tres problemas más importantes que afronta nuestra sociedad ha pasado de ser el 1,4% en junio, al 3,8% en julio. Es decir, que en un mes la preocupación por la independencia de Cataluña se ha multiplicado casi por tres. Eso sí, a gran distancia otros temas como, por ejemplo, el paro, que en junio era citado por el 71,2% y en julio 'sólo' lo ha sido por el 70,6%. O la corrupción, que de ser citada por el 49,1% ha pasado a serlo por el 45,3% de los entrevistados.

A pesar de todo, y menos de cien días del fatídico uno de octubre, en el que los independentistas quieren convocar a las urnas a los catalanes y catalanas para ver qué hacen con Cataluña y, ya de camino, con España entera, el asunto no parece ser una de las mayores preocupaciones de nuestra sociedad en ninguna parte del territorio. Ante lo cual uno no sabe qué pensar, si es que la gente no se entera de la gravedad del desafío independentista, si es que no se lo cree, o sencillamente si es que no le importa. Como suele decir un amigo ante este tipo de preguntas: lo más seguro es que no se sabe.

Y con ese nivel de implicación, ¿cómo se puede tomar una decisión democrática? Quiero decir, cómo se puede tomar por mayoría la decisión de declarar a las tías de mi mujer, que emigraron hace más de cincuenta años a Cataluña desde la Serranía de Ronda, extranjeras en el pueblo de sus hijos y de sus nietos. Es decir, si ellas deciden seguir siendo españolas, quién irá a su casa a decirles que muy bien, que se pueden quedar si quieren, faltaría más, pero que, desde ese momento, allí son como alemanas o francesas, en el mejor de los casos, o inglesas después del Brexit, en el peor. Cómo es posible que en una votación se pueda declarar a mi amigo Aleix, extranjero en la tierra de sus padres, de sus abuelos y de sus bisabuelos, a él que tiene dieciséis apellidos catalanes.

Sentado en la casa que mis amigos ingleses se compraron en un remoto pueblecito francés, pasando unos días con ellos y mi familia, les escucho criticar el Brexit, que los ha privado, de repente, de los derechos políticos y sociales que les daba la ciudadanía común europea en Francia, el país al que se habían venido a vivir su jubilación. Y todo, dicen, porque Cameron tenía un problema en su partido. Es eso mismo lo que quieren hacer los independentistas catalanes, privar de la ciudadanía común española a toda la sociedad catalana. Quizá lo que quiere decir la encuesta del CIS es precisamente eso, que el pueblo ni siquiera se plantea aquello sobre lo que los independentistas le exigen que se pronuncie. Aún así pueden forzar a la gente a votar, y a eso lo llaman democracia, pero no lo es.

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