Golpe de dados

Llámame por tu nombre

Alfredo Taján
ALFREDO TAJÁN

«En las lecturas modernas se toma por cisne a más de un ganso»; la frase del crítico, profundo conocedor de cultura italiana y china, y memorialista Harold Acton (1904-1994) desvela lo que en absoluto me pasó cuando el pasado lunes acudí, acompañado por José Luis Cabrera, a disfrutar, y refocilarme en el disfrute, de las intensas imágenes que nos brindó el filme 'Call me by your name' ('Llámame por tu nombre'), en versión original con subtítulos, que venía antecedido de un sinfín de alas batientes en la sinuosa línea de comentarios tipo: «se calla más de lo que se dice», o del explícito, «el amor que no osa decir su nombre» o el manoseado: «es lenta»; pues al contrario, en esta película sí que se muestra y se saborea el mejor fruto de la cosecha. Y la verdad, a estas alturas de la existencia, nada de esa colección de dardos ya pueden empañar la sublime historia de amor/pasión, fifty/fifty, que experimentan dos hermosos jóvenes con piel de ángel, muy cerca de Bérgamo, no se especifica el topos lombardo, en un verano perdido de 1983, en el que un par de alabarderos, Stendhal como telón de fondo, dan rienda suelta al revolcón nocturno bajo la tutela de unas palabras mágicas, estas sí incólumes a pesar del tiempo transcurrido, me refiero a los versos de Virgilio: «per amica silentia lunae» («por los amistosos silencios de la luna...»); a partir de ahí, se teje el armónico tapiz y se alzan todo tipo de prestidigitaciones, normalidades desorientadas, cuerpos temblorosos, melocotones frescos que acogen sobre su duro carozo el almíbar seminal, y un extenso menú a la carta de deliciosos platos de naturaleza semoviente, el más rico: los ñoquis con trufa de la Liga Lombarda; en fin, maniobras orquestales, estéticas e ideológicas, que se constituyen, nada más empezar, como rituales cómplices con el espectador avezado, y que te impelen, me incluyo, a sumergirte en una sinfonía pastoral, pobre Gide, partitura en estado de gracia en la que uno siente, por fin, cuáles han sido las utopías que has perdido para siempre; por ejemplo, que tu habitación nunca tuviera una puerta, y detrás de la puerta otra habitación, donde acoger a ese soñado ejército de pequeñas víctimas, novios y novias en orgía perpetua donde tú fueras Adriano o Antinoo, o, ya puestos, que la biblioteca de tu casa nunca fuera más grande que la misma casa, y que jamás de los jamases estuviera gobernada por una pandilla de atletas cultos y airados con un exhaustivo afán pedagógico.

Lo demás son refrendos. Que al protagonista, Thimothée Chalamet (el dulce y sabelotodo Elio), por supuesto que hay que concederle, este año, los Óscar de la Academia por su saber ser, se trata de un bravo Apolo con una amplia gama de registros que te dejan helado; incluso aplaudo al viejo Ivory, por dejar que un italiano, Luca Guadagnino, nos describa lo que en definitiva es su paisaje, sin el cliché Ruskin, sin el agobiante canon del Maurice de Forster. ¡Avanti, popolo!

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