Se llama Keaton

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Siempre hay historias cosidas a los márgenes del relato oficial. Uno de los elementos más atractivos del periodismo, probablemente el gancho que inocula la adicción a este oficio casi siempre ingrato, radica en la posibilidad de voltear el foco de atención hasta dar visibilidad a esas historias. También las redes sociales, tan denostadas, tienen ese poder. A veces, entre los concursos de egos y la cargante vocación incendiaria de los lanzadores profesionales de bilis, un mensaje en Twitter o una publicación en Facebook pueden funcionar como necesarias bofetadas de realidad de alcance masivo. Es la globalización en estado puro: alguien levanta la mano y la hostia nos la llevamos todos. Ocurrió hace algunas semanas, cuando se hizo viral un vídeo donde un niño de Tennessee, en Estados Unidos, relataba cómo sus compañeros se dedican durante el almuerzo a arrojarle leche, bajarle los pantalones delante de todos o meterle comida bajo la ropa. Hasta hace no mucho el abuso era considerado cosa de críos: «Los niños, que son muy crueles. Ya sabes».

El chico se llama Keaton. Hay que nombrar con más frecuencia a las víctimas, darles voz. La gente más empática que conozco se ha criado entre perdedores, escuchando lo que tenían que decir. (Escribo «perdedores» y advierto su connotación negativa; ¿qué clase de sociedad acaba identificando la pérdida con el fracaso, con algo de lo que sentirse avergonzado?). En un vídeo grabado por su madre, Keaton detallaba con desesperación una escalofriante cascada de insultos, burlas y vejaciones. Resulta imposible escuchar su relato, ver sus ojos acuosos hundidos por el miedo, y no sentir una sacudida por la injusticia. Pero no hay que irse tan lejos. Ayer este periódico informaba de que dos adolescentes han sido detenidos en Estepona por acosar a otro en el instituto. Con la característica sensibilidad que le permite andar con pies de plomo por informaciones tan delicadas, Juan Cano comenzaba así la narración de los hechos: «Un día era una colleja. Al otro, una patada. El siguiente tenía que llevarles la mochila».

Se acerca la noche de Reyes y lo que más desearían algunos niños es no tener que regresar a clase. Y no por pereza o por prolongar las vacaciones, sino por pánico. La mayoría opta por silenciar lo que ocurre, tal vez finjan estar enfermos o se encierren en el baño hasta que pase la hora del recreo. Somos nosotros, los adultos, los responsables de detectar si tenemos como hijo, hermano, primo o sobrino a una víctima o a un verdugo que quizá a su vez sea otra víctima incapaz de canalizar su ira. Hagámosles ese regalo.

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