Linces con tomate

La imprudencia o la negligencia se pueden aliar con una barbacoa o una carbonería

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Quien ha estado cerca de un gran incendio nunca olvida el humo en los pulmones, las pavesas que presagian el infierno, el abrazo asesino del calor insoportable, ese crepitar estremecedor de décadas y siglos en los árboles. A fuego se graba la angustia de todos, la valentía de los que luchan contra las llamas, la vida en juego por tierra y aire. El éxito final en el combate para salvar Doñana nos reconforta como especie y nos asusta como ciudadanos. Deja en el ambiente una resaca agridulce por la catástrofe no consumada y la certeza de que la mano y la palabra del hombre son capaces de arrasarlo todo. La imprudencia o la negligencia se pueden aliar con una barbacoa o una carbonería industrial, lo mismo que un bulo en llamas contra las evidencias. Si alguien lanza un colilla mientras conduce no hace falta ir en moto detrás para sentir ese gesto salvaje como un aguijón asesino que nos abofetea a todos. La depredación sin fronteras del paisaje no requiere necesariamente de grandes especuladores ni de contubernios urbanísticos. A veces sobra con un fumador sin cabeza o una legislación que da papeles a una carbonería aunque sea como cenicero gigante plantado en medio de un leñero. El deber de sensatez también en los despachos de la cosa forestal resulta una mochila de supervivencia tan importante como el Infoca para un paisaje que sólo necesita chispas sin alma para prender páginas negras. Miles de bañistas de Mazagón y Matalascañas y vecinos cruzaban los dedos con la retina puesta en el infierno portugués. Murieron 64 personas, un holocausto en el que el bosque puso una parte y la desorganización el resto. Son casos muy distintos, pero ante una amenaza así el caos llega a su clímax si no están a mano los medios y el manual para reducirlo..

El espíritu de Doñana se abre paso ahora como un verdor invisible, verdaderos brotes cuando está aún caliente esa colaboración espontánea de hombres y mujeres que hace una semana lloraban y luchaban, y ahora canalizan dolor y rabia hacia la próxima reforestación. Doñana ha lanzado un grito y da una lección. La desolación se contagia, como la solidaridad. Pocos eslóganes tan acertados como el que nos habla desde niños del bosque como algo de todos. Una de las peores desgracias que parten el alma es perderlo todo por el fuego: la memoria de fotos, muebles, libros, juguetes, recuerdos... Las brasas de las ocho mil hectáreas calcinadas son parte de un hogar común arrasado, pero se llegó a tiempo. Necesitamos el bosque que cambia el CO2 por belleza tanto como esa profesionalidad y pericia que se ha impuesto sobre los errores. El más extenso y singular espacio natural de Europa tiene el patio trasero desprotegido, y Andalucía debe mimarlo a salvo de riesgos, y también pasarle parte de esa factura a nuestros vecinos del continente. El réquiem sin fronteras hoy es por el lince 'Homer', un mártir honorable con mejor suerte que sus ancestros, esas alimañas que acababan en una caldereta con tomate hace medio siglo. Sigamos evolucionando.

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