Limbo

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Aquel fue nuestro asesinato de Kennedy. Los miembros de mi generación siempre recordaremos dónde y qué estábamos haciendo cuando Tejero entró en el Congreso de los Diputados. A pesar de haber vivido la gran fiesta de la primera Transición como unos surfistas de la Historia que iban en la cresta de la ola, impulsados por el viento de esa juventud que coincidía con aquella primavera política ruidosa y turbulenta, no habíamos tenido hasta entonces la sensación de ser víctimas de ningún revés colectivo. Quienes hablaban de la Guerra Civil era gente que ante nuestros ojos había caducado. Algo les había fallado en un pasado remoto. Era su problema. Pues bien, aquella tarde y aquella noche del 23 de febrero tuvimos conciencia de que también nosotros podíamos ser arrollados por el tren de la Historia, por esa máquina que sobrevolaba por encima de nosotros y nos reducía a la condición de unos seres desvalidos y a merced de los acontecimientos. En una abrir y cerrar de ojos nuestro presente y nuestro futuro estaban en manos ajenas. Un tsunami, un gran río desbordado podía arrastrarnos hacia no sabíamos muy bien dónde.

Por si los crujidos y las grietas del cambio de régimen político no hubieran sido suficientes para ponernos en guardia en los años previos, ahí estaba aquel gran rugido advirtiéndonos que inapelablemente pertenecíamos a una colectividad, que éramos las células vivas de un organismo superior, de un país, y que nuestra libertad individual dependía de un complejísimo engranaje. Aquella tensión máxima duró menos de veinticuatro horas. Desde entonces y a pesar de varias conmociones -11-S, 11-M- hemos subido y bajado en el tobogán de los acontecimientos nacionales e internacionales con una relativa calma. Hasta que en el horizonte de este año se empezaron a dibujar unas nubes demasiado negras que han acabado de perfilarse el uno de octubre.

Desde ese día nos encontramos sumidos en una prolongada noche del 23 de febrero en lo que a la sensación de riesgo y de desbordamiento histórico se refiere. Lo que en aquel momento se sutanció en veinte horas se mantiene ya a lo largo de una semana. Un pulso largo con picos de alta tensión que dura ya siete días y que si nada lo remedia cobrará una nueva dimensión el próximo martes. Durante todo este tiempo muchos españoles, y especialmente muchos catalanes, vivimos bajo una especie de limbo legal y existencial. El carricoche de la montaña rusa en el que vamos montados va subiendo la pendiente para recuperar un nuevo impulso que puede arrojarlo a una descontrolada carrera. Rozando el abismo y el descarrilamiento. El vértigo se duplica para todos aquellos catalanes que conservan la cordura y el seny y que se ven arrastrados por una maquinaria que los sobrepasa. Para ellos, para todos nosotros, estos días quedarán grabados en la memoria con un aire oscuro. El que tienen esas fallas, esos cortes traumáticos que se registran en los libros de Historia. Ya sólo cabe esperar que la tinta no sea demasiado negra.

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