Libres y solas

Línea de fuga

Antonio Javier López
ANTONIO JAVIER LÓPEZ

Recuerdo un artículo de Fernando Savater donde contaba el recelo con el que había emprendido la relectura de 'El miedo a la libertad'. El filósofo podía asumir la vergüenza propia de las novelas y los poemas que le habían fascinado en la juventud y que habían palidecido a los ojos de la madurez, pero le sublevaba que aquello mismo sucediera con ese libro, porque las ideas que allí había dejado escritas el psicólogo alemán Erich Fromm no le habían engatusado la emotividad febril adolescente; muy al contrario, habían echado raíces en su concepción del mundo. Por eso abría de nuevo aquellas páginas con temor y por eso aquel alivio cuando las cerró y volvió a convencerse de la vigencia radical de aquellas hojas donde Fromm explicaba que la libertad es un camino mucho más árido y solitario que la manada, que muchos prefieren la seguridad de la obediencia a la incertidumbre del camino propio, que vivir adocenado es la opción de la inmensa mayoría, aunque esa inmensa mayoría diga, piense y sienta lo contrario en un engaño que le hace más llevadera la tarea de vivir.

Al fin y al cabo, el miedo a la libertad tiene mucho que ver con el miedo a la soledad. Quizá por eso haya venido a la memoria el libro de Fromm estos días, después de ver dos exposiciones recién inauguradas y que giran ambas en torno a mujeres artistas. El Museo Carmen Thyssen ha estrenado 'Juan Gris, María Blanchard y los cubismos (1916-1927)' y el proyecto logra de partida algo que muchos dábamos casi por perdido: ganar al Thyssen de Málaga para la causa de la excelencia. Porque este museo nació con fórceps en el calendario y cesárea del presupuesto municipal para ver la luz antes de las elecciones de turno y en sus cinco años de vida ha ofrecido una andadura irregular, errática por momentos, sonrojante incluso en un par de citas de su programa de exposiciones temporales que han hecho un flaquísimo favor a la institución. Ahora se redime con una muestra de modesta elegancia en su exquisito calado intelectual, una propuesta capaz de hacer rumiar a los teóricos y deleitar a los profanos. Se atreve el Thyssen de Málaga a ofrecer un relato propio sobre el cubismo, aquí, en la cuna de Picasso y sin tomar al malagueño como muleta y anzuelo. Revisa el Thyssen un periodo de la Historia del Arte y por el camino reivindica la obra de María Blanchard como una artista visionaria y audaz, espejo en el que se miraron Juan Gris, Manuel Ángeles Ortiz, Jacques Lipchitz, Jean Metzinger, entre otros muchos. Ahora le acompañan en la exposición y a todos le sostiene la mirada el trabajo de Blanchard. Aquí una manera de presentar el trabajo de una autora, en pie de igualdad con sus compañeros varones, tantos años después de haber sido menospreciada y borrada del mapa de la Historia por la falocracia artística, teórica y mercantil. Una mujer sola entre hombres. Así estaba Blanchard en los cafés y los caballetes y así se muestra su obra, libre entre iguales.

'Somos plenamente libres' se titula la exposición inaugurada el lunes por el Museo Picasso Málaga a partir de las obras de dieciocho artistas vinculada al surrealismo. El proyecto admite de inicio que los trabajos son «completamente diferentes» entre sí y quizá por ello abdica de la búsqueda de hilos conductores capaces de articular un discurso más allá de la organización de las obras en compartimentos temáticos. Pero más allá de planteamientos formales, de uno de los montajes más bizarros de la historia reciente del Museo Picasso y de la extraordinaria belleza de un buen puñado de sus obras, 'Somos plenamente libres' proyecta una notable paradoja entre su título y su tuétano.

Como quien espera ese reproche, los responsables del proyecto defienden la decisión de mostrar sólo la obra de mujeres en el afán de «recuperación» de sus trabajos, al margen de discursos «excluyentes». Es un argumento muy respetable. Ahí va otro, después de barruntar que la elección de mostrar las obras de mujeres artistas sólo con otras mujeres artistas sigue constituyendo un gueto, quizá ampliado, pero todavía un gueto. Al no enfrentar el trabajo de las autoras con el de sus compañeros varones -los mismos que a menudo las vilipendiaron sin desmayo- se coarta la posibilidad de tener ante los ojos cuánto deben aquellos machos a aquellas hembras, cuánto aportaron ellas y cuánto se les ha negado en el relato oficial de la Historia del Arte. Porque la tarea de reunir el trabajo de mujeres fascinantes, capaces de levantar una obra valiosa en medio de la adversidad social, política, económica y artística merecía un planteamiento general de mayor ambición. Porque las artistas, expuestas solas, siguen estando solas.

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