Librero de viejo

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Al barrio ha llegado un librero de viejo. Es un vendedor ambulante, que desde hace algunas semanas se instala frente al supermercado del final de la calle Cristo. Hasta ahora, teníamos la misma variedad comercial que en casi todos lados: los chicos que deambulan cargados con dos cajas, una en cada brazo, de magdalenas y otros dulces de pueblo. Humildes cenacheros del siglo XXI. El señor que a veces trae polos falsificados para hombre y los ofrece discretamente desde un banco; los tenderetes de chumbos, de higos y de hierbas aromáticas, según la temporada.

Me alegro de que la calle haya subido un peldaño en la escala cultural del comercio callejero. Es un hombre de mediana edad, menudo también en el aspecto, que llega tirando de un carrito de la compra lleno de historias y una mesa plegable de playa. A veces, me quedo observando un ratito desde la distancia. Da gusto verlo colocar sus libros con mucha delicadeza, como el joyero que deposita un anillo de pedida con un diamante en el tapete negro de su mostrador. Como quien maneja un objeto de mucho valor, único. Luego, a lo largo de la mañana, los recoloca continuamente sobre el expositor improvisado, para que se lean bien los títulos a los ojos de un público que no parece muy interesado en lecturas, menos aún a esas horas del ajetreo diario.

El librero tiene en su puestecillo toda clase de títulos, desde novelas hasta libros de autoayuda; aunque creo que sus favoritos son los cuentos infantiles, o quizás piensa que son los que puedan tener mejor salida. Los precios son irrisorios: Por dos euros, una tarde con el niño entretenido. Para los adultos, unas cuantas horas de sueños, antes de irse a dormir. Corren malos tiempos para la literatura escrita, cuando los bebés de teta ya saben poner a Peppa Pig en el móvil de la madre; cuando los padres se quedan pasmados frente a la tele y no leen, ni para ellos ni para sus hijos. Ni siquiera para aprender a que no les engañen en la vida.

El otro día se marchó pronto. No sé si tendría algo urgente que hacer, o si tuvo la mala suerte de que la policía pasara por allí y le invitó amablemente a desalojar la vía pública ocupada sin permiso. Con la cultura a otra parte. Creo que buena parte de lo que ocurre en España ahora mismo tiene que ver precisamente con eso: con un librero de viejo que ofrece saber, historia, pensamiento crítico, ideas... Mientras que, tras las faldas de su madre, un niñato lo mira con cara de póker, porque él ya lo sabe todo. Porque se lo ha dicho un vídeo de Youtube.

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