LA LIBRERÍA DE SIEMPRE

JOSÉ MANUEL BERMUDO

ERAN unos lejanos tiempos de estudiante cuando un grupo de jóvenes teníamos como zona de paso obligatorio, de casa al instituto y viceversa, la Librería Mata de Marbella. Como una costumbre, que surgió de forma espontánea, cada día revisábamos el escaparate y descubríamos inmediatamente si había un libro nuevo y hasta si los cambiaban de sitio. Era como un juego, pero que nos llevó a sabernos de memoria los títulos y autores de los ejemplares expuestos. Después, poco a poco, conseguíamos reunir algo de dinero para comprar nuestros primeros libros y mantener con el paso de los años una relación constante con este establecimiento que nos ponía al día en materia literaria. Con el tiempo, algunos incluso llegamos a tener libro propio detrás del cristal, lo que resultó un honor que no pensábamos en nuestros tiempos mozos.

Hoy estamos a punto de despedir para siempre a esta librería que se fundó hace ochenta años por Andrés Mata. Dentro de unos días ya no encontraremos sus puertas abiertas y a muchos de los que hemos seguido parte de su historia nos invadirá, casi con toda seguridad, una cierta nostalgia, inevitable a pesar de que hoy todo va muy deprisa y pasamos de una cosa a otra con facilidad.

No fue fácil, en plena guerra civil, abrir un negocio que se dedicara a vender libros en un país como el nuestro por aquellos años en los que la prioridad era combatir el hambre. Andrés Mata, «Matitas», como lo conocía todo el mundo, pasó de tener un estanco en la calle Ancha, donde vendió los primeros tebeos que le pedían algunos clientes, a su local de la calle Enrique del Castillo, que tuvo que alquilar pidiendo un crédito y corriendo un gran riesgo. Por entonces le enviaban publicaciones de aventuras, tipo «El coyote», pero más tarde comenzaron a llegar los turistas y con ello las peticiones de otro tipo de lecturas, convirtiendo lo que era básicamente una papelería en la primera librería de Marbella y, durante bastante tiempo, la única.

Recuerda la hija de «Matitas», la historiadora y escritora Ana María Mata, que el primer libro de literatura que le llegó a su padre fue «El árbol de la ciencia», de Pío Baroja, que como es lógico ella devoró inmediatamente, comenzando así un camino imparable entre el papel impreso. A partir de ahí llegaban más paquetes, con la imprescindible colección Austral y otras, y las estanterías comenzaron a llenarse.

Detrás del mostrador han estado durante muchos años, y lo estárán hasta el final, Andrés Mata hijo y Leonor Tomé. Su local está impregnado de historias, no solo de las que recogen los miles de libros que por él han pasado, sino de aquellas de los propios clientes, algunos de los cuales tenían la librería como un lugar de encuentro donde vivir el momento de la tertulia del día. Pero todo tiene un principio y un final y los tiempos que corren no parecen muy favorables para los centros que distribuyen cultura escrita.

Además de que los años pasan para todo el mundo y llega el momento de la jubilación, los cierres de librerías también están motivados por las bajadas de las compras en estas tiendas tradicionales. La lectura electrónica y sus precios más bajos, la distribución rápida de los ejemplares, comprándolos sin moverse de casa o la concentración de las ventas en grandes superficies (como ocurre también con otros productos), han ido mermando la capacidad de competir y se ha ido desechando con el tiempo el consejo de un experto librero que ayude al lector. Lo de los índices bajos de lectura es algo fundamental en el problema.

La librería Mata y sus propietarios recibirán el reconocimiento oficial por sus muchos años de dedicación a su profesión. También habrá otro tipo de homenajes que surgirán de otros colectivos. Y es justo. Pero, de cualquier forma, nada impedirá una baja sensible en el paisaje cultural. Y algunos ya no volveremos a jugar con el escaparate en busca de nuevos libros. Dicen que es el signo de los tiempos.

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