La librería

El rayo verde

Lalia González
LALIA GONZÁLEZ

Como cualquier pretexto es bueno, hoy que es Día de las Librerías subiré mi calle para comprarme algo. Posiblemente lo último que me dejé allí, la semana pasada, porque siento que lleva mi nombre. Era un texto de un filósofo francés sobre el deseo de desaparecer, no recuerdo ni el nombre, que no quise pillar porque llevaba ya otras cosas y parecía demasiado denso para mi situación actual. Yo sostengo que leer es como comer: a veces te apetece dulce, a veces salado, a veces incluso comida basura. Y ahora yo quiero algo delicado, leve, pero preciso. Y sobre todo, nutritivo. A mi edad hay que reducir las grasas.

Empujar la puerta de la librería tiene siempre algo mágico, una chispa de luz, una promesa de felicidad. Fuera se quedan las ansiedades, las noticias, la agresividad del día. Recuerdo las librerías de mi infancia como espacios singulares: una que parecía salida de 'La historia interminable', donde un librero viejo despachaba entre antiguas cartas náuticas y grabados clásicos; otra situada en el primer piso de una papelería, a donde subía sola y, tras sonar un pitido al pisar el último escalón, trajinaba sin vigilancia, hasta bajar con lo que quería.

Es curioso que en esta calle donde ahora vivo, en la que estos años he visto abrir y cerrar muchos comercios, y donde los 'low cost' se han adueñado de los escaparates antes señeros, hay tres librerías, dos de ellas abiertas en pocos meses. Sin duda es un buen síntoma de que el libro sigue vivo y atractivo y de que, por muchos ingenios que se hayan descubierto, por muchas alternativas que se acumulan para llenar el tiempo de ocio, el volumen rectangular, encuadernado, más o menos pesado en la mano, sin cables ni batería, mantiene su gancho y, por supuesto, su utilidad. Estoy ahora con el nuevo de Nuccio Ordine, 'Clásicos para la vida', y recorro con los fragmentos de los textos que el autor italiano ha seleccionado enseñanzas fundamentales para un buen vivir y el convencimiento de que sin esta formación básica nada se puede construir. No piensen que es postureo. Sólo rindo homenaje: «que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído», decía Borges.

Además, supongo que no es una casualidad, este viernes se va a estrenar la película de Isabel Coixet 'La librería', basada en una novela triste y magnífica de Penelope Fitgerald, que está en una preciosísima edición de Impedimenta, y que ahora creo que incluso van a mejorar. Tengo, confieso, una cierta predilección por los libros sobre libros y libreros, como esa maravillosa '84 Charing Cross', convertida también en aquella película histórica con Anne Bancroft. Busqué la dirección hace unos años en Londres, sin recordar el número exacto, y di entre tanto con diferentes tipos de comercios de libros, uno de ellos, qué cosa, en los bajos de un sex-shop. No está mal, pensé, un libro puede ser altamente excitante.

«Es fácil vivir de una librería», leí hace poco en un titular de un periódico, «siempre que la librería viva de ti». Modestamente, contribuyo con constancia a que sigan abiertas por mucho tiempo. Pero por puro egoísmo.

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