LEVANTANDO LA VOZ

JOSÉ MANUEL BERMUDO

CUESTA trabajo hacerse oír cuando el ruido es ensordecedor, cuando hay quien consigue silenciar muchas preocupaciones ciudadanas eligiendo el camino del escándalo, haciendo sonar constantemente una cantinela que apunta a saltarse la ley a la torera. No deja de ser inaudito que aquellos que han empleado el poder hasta para multar a los que rotulaban sus negocios en el idioma de todos los españoles, ahora vengan con la historia de que la ley actual a ellos no les vale. Dando ejemplo, vamos, todo por conseguir unos objetivos políticos por encima de todo lo que se ponga por delante y, además, alguno se hace llamar «Honorable».

Los que no vivimos en Cataluña, y muchos de los que allí están, asistimos diariamente a la ocurrencia del momento y a los vaivenes de una situación de la que desconocemos cómo va a terminar. Y todo ese acaparamiento mediático nos hace pensar en cuál es la preocupación que estos políticos que están forzando situaciones legales tienen sobre los problemas cotidianos de una población que tiene como prioridad llegar a final de mes y que, además, cumple con sus obligaciones fiscales, a pesar de todos los incrementos que se les impongan.

Mientras chirrían las voces políticas hay colectivos que siguen con su problema diario a cuestas, con su intención de cumplir con sus obligaciones laborales y esperando que la contrapartida por su esfuerzo sea un sueldo digno, y no reclaman incumplir la normativa para crear una nueva situación, sino todo lo contrario: piden que se les aplique la ley establecida en un convenio, que no degraden sus derechos laborales y que se les trate con la dignidad que todo el mundo exige en su trabajo, porque a muchos se les llena la boca defendiendo a las clases más débiles y después anteponen otras cosas a lo que realmente pretenden los perjudicados.

Hay diferentes sectores laborales que mantienen unas condiciones específicas que desembocan en una circunstancia común, que es la pérdida de poder adquisitivo y la inseguridad en su trabajo. Me refiero aquí a un colectivo que en los últimos días ha estado de actualidad, o para decirlo mejor, que ha intentado ocupar sitio en la actualidad, encontrándose con otros acontecimientos que han apagado sus voces. Son las camareras de piso en los hoteles y apartamentos, que ante la falta de atención sobre sus condiciones laborales han formado un colectivo llamada las Kellys (las que limpian) que ya no se conforman con barrer y callar, con dormir por las noches con la incertidumbre de lo que pasará mañana y de hacer cálculos sobre lo que sumarán ese mes. Intentan levantar su voz.

En la Costa del Sol, zona casi exclusivamente turística, tiene una especial importancia la situación de estas trabajadoras (por cierto ¿hay camareros de piso?) porque son las que le presentan al cliente el producto que van a consumir, es decir, una habitación limpia, higiénica, bien presentada y atendida en las demandas de los que la ocupan, incluida la de los caprichosos que se creen con derecho a la excelencia suprema. Si falla este servicio falla todo, como se decía (antes al menos) de los cabos en el ejército, considerados su columna vertebral, aunque eran y son los de menos galones.

Las empresas subcontratadas son las que acaparan este servicio que ahorra unos buenos billetes a los hoteles, pero que rebaja sensiblemente las condiciones de las subempleadas, porque tienen dificultades hasta para estar de baja por enfermedad, tener asuntos propios o disponer de un día libre, por no hablar del sueldo. Bien es verdad que no todos los establecimientos aplican esta práctica (en Marbella hay cuatro denunciados), pero quizás sean suficientes como para conocer que existe un agravio comparativo entre unos y otros y posiblemente una injusticia en el trato para los más desfavorecidos. Aquí la ley tendría que ser mucho más clara, rápida y justa. Pero, claro, estamos con los ruidos políticos que quieren, precisamente, romper la ley. Son nuestras eternas contradicciones.

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