Legitimidades

Los atentados de Cataluña no obran el efecto de abolir los derechos políticos y la libre expresión de unos y otros

LORENZO SILVA

Es legítimo defender, en cualquier momento, cualquier idea que se exprese por cauces democráticos y que no sea contraria, de modo flagrante, a los derechos humanos. Todos podríamos, a estas alturas, estar de acuerdo en este muy prudente pacto de mínimos.

Eso quiere decir que es perfectamente legítimo, aunque acabe de producirse un atentado mortal, que quienes creen en el derecho de Cataluña a la autodeterminación, sienten que la independencia es el mejor camino y ven en el procés en marcha la manera de alcanzarla, sigan sosteniéndolo y, si lo consideran necesario, manifestándolo. Del mismo modo, es legítimo que hagan otro tanto quienes creen que Cataluña no ha sido objeto de colonización alguna, que la independencia es un camino erróneo y que el modo en que la ha planteado el Govern, por ilegal, es inadecuado y pernicioso. La tragedia no obra el efecto de abolir los derechos políticos y a la libre expresión de unos y otros; si uno la pide para sí, debe concedérsela al contrario.

Es por otra parte evidente que un hecho de estas características, por su carácter de conmoción, afecta en todos los aspectos a la sociedad que lo padece, y arroja sobre ella una luz que puede alterar la percepción que cada cual tiene de los asuntos públicos. También eso puede (y probablemente debe) formar parte del debate y del discurso público, porque negarlo sería negar, en un aspecto instrumental, esas libertades y esos derechos que hemos dado en reconocer.

Dicho todo lo anterior, existe un periodo de duelo, el tiempo inmediatamente posterior al hecho luctuoso, en el que elementales reglas de urbanidad y humanidad aconsejan posponer cualquier otra consideración a la que merecen quienes han sufrido el infortunio, sus necesidades más perentorias y la neutralización del mal. Y aun más allá de ese primer momento, forma parte de una cierta elegancia, que también es un indicador de ética y de legitimidad, abstenerse de anclar en demasía argumentos partidistas, unilaterales o excluyentes sobre el dolor de la muerte recién acontecida. No digamos ya anteponer esos argumentos o hacer que la desgracia se convierta en herramienta para promocionarlos en perjuicio del rival.

En los días transcurridos desde el atentado del 17 de agosto en Barcelona hemos visto, en más de una ocasión, y desde diversas posiciones, desbordar la legitimidad de las tesis respectivas, dando la sensación de que lo primero no era socorrer a las víctimas y llevar ante la justicia a los culpables. Hay días por delante para rectificar, será necesario hacerlo, porque en las próximas semanas va a tocar debatir, de manera ineludible, si en la prevención de lo ocurrido todo el mundo hizo lo que debía y podía, y si las estrategias hasta aquí seguidas por unos y por otros son las mejores para el futuro.

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