Lecciones con la Vuelta

1,50 metros. Más de 300 días de sol. Ciclismo al Sur. Gracias

JESÚS NIETO JURADO

Pasó la Vuelta por nuestra provincia, pequeña pero dispar. Marina y serrana. Carlos de Andrés en la televisión iba 'wikipeando' e improvisando sobre nuestro patrimonio universal: a la hora de la siesta sólo importa lo que enfoque el helicóptero y poco más. Vimos con un poco de bruma la torre de la Catedral, un crucero que se va, que se está yendo (Alcántara), y esa teoría de verde irredento y de azul vacación que son los chalecitos del Este de la ciudad, cuando el plano se toma desde la vertical del Peñón del Cuervo. Llegó a jurar De Andrés, el sempiterno gregario de Perico, que desde Casabermeja se veía África en los días claros, pero este desliz exagerado casi que nos enternece y nos da idea de la dureza de un deporte, incluso cuando este deporte se hace desde la barrera y desde la nómina segura (?) del 'ente público'. Lo meramente deportivo (expresión radiofónica) de la etapa entre Motril y Antequera ya se lo contó debidamente este periódico, pero yo hoy quiero hablarles de la necesidad de una verdadera cultura ciclista en la ciudad: al rebufo de ese pelotón que pasó.

Vimos el incidente con Belkov, al que el propio corredor, en vista de las circunstancias del 'agresor', dejó pasar con señorío. Antes lo del 'picoleto'. Vimos a un Froome magro comiendo suelo en la bajada del Torcal. Vimos banderas de España y de la región, una en cada mano, en esos aficionados al sol que no reniegan de su país. Y vimos a Contador reinventándose, valiente, jubilándose como un torero que ha dado tardes de gloria y tardes de pájara. Y es que el ciclismo vino a darnos en Málaga una lección de vida, de asfalto, de superación y de lo relativo que es todo. Subía la carrera mi querido Alto del León, donde la tarde anterior me fui a soltar piernas y a punto estuve de atropellar a un camaleón en la cuarta curva (al 9 %) de un puerto de primera. Al rato pasó un golf tuneado a 80, y ya se me congeló la 'sudarada' en el maillot. Cuestión de civismo.

Hará dos décadas un malagueño experto en arte ruso sería una quimera del oro, y sin embargo hoy forma parte de lo natural y cotidiano en el parloteo del «11». No hay nada imposible, y el cicloturismo pudiera ser una veta importante de riqueza si mejoramos la cultura ciclista. A cinco minutos de la ciudad se abren los pinares de los Montes, las ardillas, el aire puro y el mar en lontananza. El respeto al ciclista, y el respeto del ciclista al peatón, son condiciones innegables en la europeización de nuestra ciudad y nuestra España. Son una asignatura pendiente sobre la que tenemos todo un año -hasta que salga de aquí la Vuelta- para insistir e incidir. Ya escribí la semana pasada que el ciclismo es un deporte que puede cambiar el mundo.

Los 'globeros' usamos energías limpias, contaminamos poco, y morimos mucho cruzados los Pirineos.

1,50 metros. Más de 300 días de sol. Ciclismo al Sur. Gracias.

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