Lección de chino

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Es tarde de domingo, en uno de estos días que conducen la estación hacia el '40 de mayo', en una primavera que no quiere empezar a ser verano. Un junio fresco, atípico, casi tanto como los acontecimientos de la semana pasada, que nos han puesto a un presidente del Gobierno nuevo en apenas 48 horas. Ellos son ajenos a ese tipo de movidas, cosas de mayores. Son cuatro y por su apariencia, hijos de inmigrantes asiáticos, seguramente primera generación española de la familia. Son de diferentes edades, calculo que entre los diez y los cuatro añitos. No hace falta ser Sherlock Holmes: juegan en un portal que está puerta con puerta con un bazar (por mal nombre, tienda de chinos) abierto a esa hora, a pesar de ser festivo. Y la conversación transcurre en un idioma que se puede reconocer como tal.

La mayor del grupo hace las veces de profesora, en una representación tan antigua como universal, y se afana por enseñar a los que parecen ser sus hermanos menores un sinograma 'hànzì', la escritura tradicional china. A falta de pizarra, va dibujando los complejos trazos imaginarios con el dedo sobre la superficie de cristal de la puerta del edificio. De pronto, surge la disputa: el segundo de más edad, que es niño, no está de acuerdo con la primera y le recrimina que esa figura no es correcta.

Lo llamativo es que, si hasta entonces la lección había transcurrido íntegramente en mandarín, cantonés, wu, min o jin (tengo el oído un poco duro para distinguir los dialectos) esta vez el pequeño lo hace directamente en un impecable español. Ha saltado de una lengua a la otra, a miles de kilómetros de distancia cultural, idiomática y física, en unas décimas de segundo, que es menos de lo que cualquiera de nosotros tarda en pensar la siguiente frase, sin cambiar de idioma (peor cuando hay que pasar del malaguita al castellano). Es curioso que cuando se trata de discutir y negociar siempre vuelven al de Cervantes, que es un buen idioma para la bronca: fíjense que el euskera casi no tiene insultos, y cuando se quieren putear entre ellos también recurren al mismo, que es tan rico en voces gruesas como lo es en el resto de los ámbitos.

Así transcurre la lección de chino, por momentos en uno u otro idioma, de forma indistinta, como si en realidad fueran uno sólo. Los dejo con sus infantiles deliberaciones lingüísticas y por el camino me da por reflexionar sobre esta nueva generación de españoles de ojos rasgados, que serán capaces de emprender negocios y lazos culturales entre los dos países. Y todavía tendrán tiempo para discutir la jugada con los colegas en la barra del bar, mientras ven a la selección española ganar el Mundial.

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