El ladrón de deseos

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Es media tarde y la primavera se derrama en enero sobre el Muelle Uno. Domingo de zoco, mercadillo de toda la vida, y nos han mandado a aparcar a la tercera planta del 'parking' subterráneo, que es tan grande que hay que hacerle una foto con el móvil a la plaza para encontrar luego el coche. Hay colas, literalmente, filas indias frente a los mostradores de las dos heladerías. Los comensales remolonean la sobremesa en los restaurantes. La gente curiosa curiosea entre los puestos donde se vende de todo. La esquina bajo rasante al lado del Pompidou quiso ser un supermercado Carrefour. También pudo ser un Hard Rock, aunque a los ejecutivos americanos les gustó más estar frente a la puerta principal del museo moderno, porque desde arriba hay vistas al mar. De momento, le dejan ser un centro de arte alternativo, donde a esas horas suena la música y la gente baila el swing, algunos bastante bien, por cierto.

Caminamos entre la gente, con Nori nervioso por la muchedumbre, loco por marcar cada palmera, y llegamos hasta la lámina de agua que se extiende como una alfombra refrescante a los pies de la capilla marinera. Hay quienes han hecho de este charquito su particular fuente de los deseos, y en el fondo, que no tiene más de una cuarta, relucen algunos pequeños discos metálicos. O más bien relucían. A esa hora, a la vista de todos, un hombre joven se dedica a recolectar las monedas. No me atrevería a definirlo como vagabundo. Viste unas zapatillas 'New Balance', vaqueros y sudadera, con una pequeña mochila a la espalda. Tranquilamente, sin ningún esfuerzo, con pequeños picotazos, como una garceta que pescara en un remanso del Guadalhorce, se dedica a recoger la calderilla del agua y a acumularla en un puñado, todavía mojada, en la mano libre.

Algunos transeúntes lo miran pero no lo ven; o quizás lo ven pero no le hacen ningún caso. Al fin y al cabo, sólo es una persona recogiendo algo de calderilla de una fuente. Yo sí lo miro y lo veo, y en seguida me da por pensar que es un ladrón de deseos, pues eso fue lo que motivó a quienes arrojaron aquellas monedas al agua de la fuente del Muelle Uno. Desconozco si aquellos habrán cumplido sus sueños; o si habrán sufrido los daños colaterales de añorar lo que no se tiene. «Ten cuidado con lo que deseas, se puede convertir en realidad», que escribió Oscar Wilde.

Lo que es seguro es que el furtivo recolector de ambiciones con forma de céntimos de euro habrá cumplido su deseo de cenar esa noche. Por lo menos, le daba para un campero.

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