Lactancia digital

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

No recuerdo hasta qué edad nos daban a los niños el chupete mojado en leche condensada para dormirnos o por lo menos tenernos quietecitos un rato. Aunque nos chupábamos el dedo aquello seguramente era un circulo vicioso de llanto y silencio en busca de la dulce alternativa. Era una manera tan eficiente e insana de regresarnos a la calma como hoy es ponerle a niños de dos años un móvil o una tablet en las manos para que dejen wasapear tranquilos a los adultos. Los pequeños se ahorran hasta el llanto cuando la comodidad se vuelve normalidad. Los daños aquí no van de exceso de azúcar en el chupe, sino de aprendizaje. Así como la lactancia natural es una rareza pese a las campañas a favor, no ha hecho falta promoción para que muchos bebés crezcan agarrados a dos manos a la pantalla, ese biberón digital que no necesita calentarse. La difusión de los saludables efectos físicos y psíquicos de mamar no han tenido tanto éxito como una creciente lactancia audiovisual en solitario que tiene poco de aprendizaje y mucho de entretenimiento sin destete posible hasta la madurez de videojugador treintañero. Cada vez se venden menos juguetes porque la nueva forma de asomarse al mundo real parece que es retrasar el día para hacerlo, algo que no tiene que ver con la tecnología sino con su hegemonía cotidiana. Los expertos alertan de contraindicaciones sobre el aprendizaje, la voluntad y el mecanismo de recompensa cuando los estímulos infantiles empiezan y acaban la pantalla. Cualquier primate busca el entorno y a los otros para medirse, pero todo evoluciona. Hasta a los adolescentes criados a los pechos de la lejana 'gameboy' les asombra la inmersión digital de los nuevos bebés, como también esos padres que creen ser los tutores elegidos de un caso único en una pandemia de aparente superdotación que sólo es una destreza a base de muchas horas y que a los hijos les será de utilidad para el futuro si las familias y escuelas supieran gestionarla. Nada tiene por qué ser peor en un mundo 4.0 que será digitalizado y conectado pero también menos estimulante si hay sobrepeso digital infantil. Ese futuro nos asusta a los que cazábamos ranas, extraíamos el aguijón a las avispas o toreábamos una cabra, el ocio 'creativo' en una dieta de entretenimiento tan escasa como el chocolate de la merienda y tan repelente a la literatura como la lectura obligada del 'Poema del Mío Cid' a los 13 años. Ni eso ni la escena que vi un día en un chiringuito. Un gorrión picoteaba las migas sobre una mesa a un palmo de un niño de no más de dos años tan abducido en su carrito con su pantalla y que no levantó la cabeza para ver el pájaro porque seguramente no le ganaba en interés al videojuego. A quienes estamos aquejados de miedos analógicos sobre el futuro nos debe pasar eso que dice José Antonio Marina, que teme una sociedad del conocimiento sin que nadie se haya ocupado del aprendizaje, salvo los gigantes digitales que todo lo saben de nosotros.

Fotos

Vídeos