La cosa

JUAN FRANCISCO FERRÉ

La cosa es morbosa y las lenguas se disparan. La cosa acosa. La cosa acusa. La cosa encausa. La cosa está en el foco de todas las miradas, aunque solo algunos ojos privilegiados contemplaran las imágenes confusas del vídeo delator. Pero, ¿qué es la cosa?, se preguntan los espectadores más ingenuos. La cosa más antigua del mundo. Expuesta en toda su cosificada desnudez. Mi psiquiatra está eufórica, pensando que su venerado Freud vuelve a la actualidad gracias a este sórdido caso de violencia sexual. Tótem y tabú. La horda machista de violadores sevillanos le provoca malestar. Náuseas viscerales y efervescencia mental. Ha leído la doble sentencia de cabo a rabo, perdón, bocarriba y bocabajo, adoptando la perspectiva de todos los protagonistas, desde el hatajo abyecto y el triste trío de magistrados a la chavala expiatoria. Y no ve motivos de regocijo en las imputaciones. Solo siente un asco profundo.

Mi psiquiatra ya no se pregunta, como su maestro, qué quieren las mujeres, eso no es un misterio para nadie, sino qué carajo quieren los hombres. Es el gran enigma de este tiempo posfeminista. El seso y el sexo, la comezón de la cosa. Por qué les gusta humillar a las mujeres, qué buscan con estos actos repulsivos y, sobre todo, qué goce extraen de ellos. Qué cosas asquerosas rondan por sus cerebros antes, durante y después de cometer el crimen. ¿Afirmación regresiva de masculinidad? ¿Disfrute mutuo de sus órganos pletóricos? Por qué no. A cinco todo es más fácil. Menos peligroso. Revisando vídeos y fotografías, es obvio que los catetos del quinteto abusador se desean entre sí. La cosa se excita con bailes insinuantes y bultos genitales. El slip ceñido del colega pone más que el top de la chica aventurera. Ella es la excusa para consumar ese atavismo vicioso con impunidad. La anatomía es un destino, decía Freud, y la penalización del pene agresor de los energúmenos no es un desatino.

Estos tíos bravíos no tienen testículos para asumir su condición homosexual. Es el secreto patológico de todos sus excesos. Y esto no lo vio el juez singular, escudriñando el vídeo amateur en plan fanático como si fuera un espectáculo porno. Ni lo han visto ciertos columnistas polémicos, convencidos de que la infamia es algo fáctico. Hechos y desechos obscenos. Campechanía de la opinión. Así es imposible distinguir entre el desmadre sanferminero y la transgresión enfermiza. La separación de poderes no es sacrosanta y puede ser violada en nombre de la ética y la política. Si el juicio del jurista está trastornado como la psique de los violadores, el orden jurídico falla. A muchos colegas les importa más la defensa del gremio que garantizar derechos democráticos. Contra la violencia anacrónica de la cosa, sentencia mi psiquiatra, los poderes deben actuar unidos. Por el bien común.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos