Kamikazes sin causa

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Será que me hago mayor, y ahora me preocupan cosas que antes no. O igual no es una percepción subjetiva, y el respeto a las normas de circulación está al nivel de Nápoles. Las pocas estadísticas oficiales apuntan más a la segunda opción. Hace algunas semanas publiqué un informe de la patronal de las aseguradoras que decía que Málaga era una de las provincias españolas donde los jóvenes conducían peor y tenían más accidentes. Lo contrasté y había factores demográficos, turísticos, etc, ademas del buen clima que invita a salir más. Todo eso está muy bien, pero lo cierto es que, recién llegado de un viaje a Madrid, con múltiples desplazamientos por carretera, Málaga me ha parecido un «sálvese quien pueda» permanente, con un riesgo tercermundista de sufrir un accidente.

Pongamos por caso la calle Cristo, que es la que mejor conozco porque paseo por ella a diario. Junto a los ya conocidos desmanes de los conductores, con la doble fila perpetua y la velocidad desmedida, añado dos fenómenos nuevos que son graves. El primero es el de los peatones que cruzan la vía por cualquier sitio, sin mirar y sin ni siquiera apresurarse; con la misma parsimonia como si estuvieran de garbeo por la calle Larios. Precisamente, da la sensación de que la peatonalización general del Centro ha generado cierto tipo de tendencia subconsciente a ocupar la calzada, que se extiende a vías que no lo son. Cuando algún conductor les pita, con razón, los agraviados se quedan mirando, incrédulos, o devuelven el pitido a voces, ofendidos, como si no fueran conscientes de estar haciendo nada malo. Esta conducta es más habitual entre los mayores, mientras que hay otra peligrosa variante de la anterior, la del joven que cruza la carretera sin levantar la vista del móvil, absorto en su mundo digital.

El segundo fenómeno es el de los usuarios de la vía que no necesitan carné, tales como los ciclomotores (algunos repartidores dan pánico al volante), a los que ahora se unen los patinetes eléctricos, los minicoches y algunos ciclistas. Para algunos de estos, las señales de tráfico son unas piezas del mobiliario que están de adorno. Se empeñan sistemáticamente en meterse por calles en dirección prohibida, con escasa visibilidad y sin ningún tipo de precaución. Hasta el día en que un conductor que va tranquilamente por su carril se lo lleve por delante.

La movilidad urbana avanza mucho más rápido que la legislación, es comprensible, pero las calles de Málaga no se pueden convertir en una selva en la que sólo los conductores de coches y motos están controlados y sancionados, mientras que el resto de usuarios se mueve con total impunidad. Como kamikazes sin causa.

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