Justicia con Banderas

Referente en sano de una profesión muy dada a camarillas

JESÚS NIETO JURADO

Mucho antes de que atásemos los perros con longaniza -para bien-, en la ciudad hubo un tal Juan Antonio Domínguez Banderas que un día tomó un tren de los lentos para Madrid. Fue de esas decisiones que marcan toda una vida y una forma de ser, de mirar a la cámara o de mirarse desde ella. La escena, con todo lo que tiene de entrañable y cinematográfica, la ha recordado Antonio Banderas con fidelidad al detalle: en casa de Bertín o en cualquier emocionado discurso. Nuestro actor incluso reproduce el crack que sintió en el primer cambio de vía que sonó en los raíles, o quizá el crack sonara en su alma. Después la historia, ya saben; el paso por el cine patrio de la época, la llamada de Hollywood y esa vocación intelectual que nunca ha dejado de preocuparse por su patria. De ahí su hiperactividad, su infarto, y su vivirse para que su cuna y su pasión anden vinculadas, a pesar de los de siempre en esta ciudad. Porque no se engañen, este salto cualitativo de nuestra ciudad en lo que se ve y en lo que se siente, toda esa vigencia cultural de Málaga obedece, entre otras razones, al empeño de tres o cuatro malagueños de bien: Banderas entre ellos. Paisanos que tuvieron que ser tachados de quiméricos, que podrían haber obviado a su tierra, y sin embargo iban de embajadores de la biznaga mientras se traían para la ciudad lo mejor de sí y lo mejor de fuera.

Por ello, aquí quien les escribe siente un requiebro de felicidad cada vez que Banderas va uniendo títulos a su vitrina, crecida ahora en la época de la interesante madurez de este renacentista; este renacentista con el que nos cruzamos en las fechas más señaladas. La semana pasada le concedieron el Nacional de Cine por su trayectoria en los tres palos creativos de la cinematografía, pero también por esa querencia del maestro de ir abriéndole caminos a los que vienen.

Banderas, como lo bueno, viene sabiendo envejecer sin perder esa enfermiza y contagiosa ilusión por cada fregado lírico y technicolor en el que viene metiéndose. Es cierto que parte de la ciudad le enseñó hace poco su cierta cuota de colmillito, y que Banderas tuvo derecho a la decepción. Pero sin embargo Antonio Banderas sigue siendo la mejor marca de Málaga, y el referente en sano de una profesión que, contrariamente a nuestro Antonio, gusta mucho de las camarillas y las pancartas donde lucirse.

Todo malagueño guarda una vida paralela con Banderas. La otra noche, sin ir más lejos, recordé aquella otra noche de julio que Antonio Banderas se subió a cantar con Sabina en La Malagueta. O cuando me lo crucé por el mismo barrio, una tarde fresca de otoño, cuando iba con una chupa motera ensimismado en el rodaje de 'El camino de los Ingleses'. De modo que iba siendo ya hora de que el presente nos regalara buenas nuevas sobre Banderas. Aquí, con el Nacional de Cinematografía, la profesión hace justicia.

Una justicia de la que ya podrían aprender otros...

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