Abogando

La justicia se aleja

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

Hablando de alejamientos, nada más alejado de mi intención que echar agua al vino. Como se suele decir de los pesimistas siempre hay un problema para cada solución. Deberíamos alegrarnos. Sí pero con ciertas reticencias. Oigo en las noticias que se ha llegado a un acuerdo, espero que entre todas las partes interesadas de utilizar unos esqueletos a medio construir para establecer allí la sede de los juzgados de Marbella. Es un paso adelante, qué duda cabe. Se habla de la ciudad de la justicia. Un término cuyo origen desconozco y que se ha hecho muy popular reemplazando totalmente a la antigua denominación de «palacio». Desde luego, las sedes judiciales distan mucho de ser un palacio si entendemos por tal cosa, la construcción suntuosa, destinada a habitación de grandes personajes, o para las juntas de corporaciones elevadas. Cada poco tiempo se encuentra alguna sorpresa en las dependencias actuales, sorpresas que pertenecen al reino animal, vegetal o mineral y que, a pesar de las justificadas protestas del juez decano, se repiten.

Cuando vine a ejercer a Marbella, lo he contado ya, había dos juzgados. Uno de instrucción y primera instancia y otro comarcal: así se llamaban por aquel entonces. El primero funcionaba en unas habitaciones de la casa de sindicatos, en plena avenida. Ese sí que era un edificio noble que se demolió sin consultarnos y ahora hay allí un agujero. Como en el tango de Francisco Canaro, Casas viejas, se fue sin rencor, como va al matadero la res, sin que nadie le diga un adiós. Habría sido un buen sitio para instalar la cacareada ciudad. Recuerdo que en el despacho de Su Señoría había entonces un cartelón que citaba un versículo de la biblia, Mateo, 7.1, creo, &ldquoNo juzguéis si no queréis ser juzgados&rdquo. Se me antojaba poco apropiado para el sitio pero me aguantaba. El otro juzgado, el comarcal, funcionaba en una de las casas de la calle Antonio Belón. La sala de vistas estaba decorada con pretensiones de gran solemnidad, cortinajes carmesí y borlas doradas, un estrado en condiciones y un juez que recordaba a Júpiter tonante. Daba y quitaba el uso de la palabra como el que alimenta palomas en el parque. Al poco tiempo se creó un segundo juzgado de primera instancia e instrucción que se instaló en una de las casitas en calle Miguel Cano. El salto que se dio a continuación fue espectacular. Se construyó lo que iba a ser definitivo y se elevaron de categoría todos los comarcales, ya denominados de distrito. En el edificio de la barriada de Miraflores había tanto espacio que se alojó allí a los magistrados que servían, por lo menos, dos juzgados. Mucho mejor pero ya más lejos.

Lo definitivo se transformó en insuficiente y como la administración no tenía fondos para adquirir otras instalaciones, se buscó dividir los tribunales no sólo en cuanto a la jurisdicción sino en cuanto a la ubicación. Por aquella época tenía yo algo que ver con el Colegio de Abogados y veía con frecuencia a la Delegada de Justicia y la ayudé para mal de mis pecados a encontrar el bunker donde aún hoy se ubica la mitad.

Desde que se promulgó la Ley de Demarcación y Planta y nos quedamos sin Juzgados de lo Penal, el foro de Marbella se ha desgañitado reclamando la creación de uno o más con el sólido argumento de la proximidad de la justicia. La administración no debía estar lejos del justiciable. Poco caso nos han hecho pero, por suerte, la autopista se ha terminado y ya no es necesario entrar al centro de la capital para celebrar un juicio. El argumento, de tanto repetirlo, se ha desnaturalizado.

Ahora nos llevan al extrarradio, a las afueras, más lejos, a unos pasos del hospital donde no hay sitio para meter un coche más, donde para montarse a un autobús hay que poseer la paciencia de Job porque transcurre muchísimo rato entre el que se fue y el que está por venir. Y llegar allí tampoco es fácil porque el desvío es uno y único y la circulación numerosa. No digamos el salir rumbo al poniente donde se te ofrecen dos alternativas: una suicida y otra lejana.

Pero como tenemos ya la experiencia de Teatinos donde las plazas de aparcamiento se las disputaban ferozmente, magistrados, funcionarios, Abogados y procuradores, estoy seguro que ya se ha hecho un estudio concienzudo para dar cobijo a la cantidad de automóviles que estarán condenados a concurrir a las dependencias para que no se produzca ni el más mínimo problema.

Es que nuestras autoridades son muy previsoras.

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