La Junta Jurásica

Que el Museo de Málaga no abra por las tardes esconde las tristezas de la Junta de Andalucía

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

Últimamente a la Junta de Andalucía habría que darle algún premio no ya por no dejar de sorprendernos, cosa que permanece casi intacta en el resto de administraciones, sino porque esa capacidad de asombrar al personal se mantiene estable pese a que allí no hay nadie que haga nada para provocarla. Es una sorpresa que se produce en ausencia: sólo en unas pocas semanas ha pasado de todo, y todo marcado por el vacío. Por ejemplo, la Junta anuncia un recambio de gobierno y de trece consejeros únicamente hay un malagueño, un gesto que tratándose de una provincia que funciona como motor económico, turístico y cultural de Andalucía supone una provocación. El caso del artista urbano Invader también ha demostrado que en Málaga la Junta sólo se preocupa de defender los edificios catalogados como BIC cuando ve la más mínima oportunidad de atacar al Ayuntamiento. Su única preocupación son los titulares. Estos días también hemos tenido una ración de abandono en los Dólmenes de Antequera, donde ni siquiera la declaración como Patrimonio Mundial por parte de la Unesco ha servido para agilizar el proceso de mejora. De diez puestos de trabajo asignados en los Dólmenes solo hay ocupado uno, que es por supuesto el del director, porque ya sabemos que lo mejor que saben hacer desde Sevilla es repartir cargos y elaborar listas. Una situación parecida o peor se vive en el Museo de Málaga. Lleva seis meses abierto y tiene desde hace once años a una directora, pero aun así hay muchos aspectos de este museo que parecen una auténtica chapuza, como si después de tantos años y tantos millones de euros todo les hubiera llegado de repente, por culpa de una intolerable visión de las cosas.

El escandaloso hecho de que el Museo de Málaga no abra por las tardes esconde la verdadera tristeza que se ha adherido durante años a la Junta. Su impávida anacronía y la profunda decadencia de una institución vieja, lastrada en miles de cargos y rendida a sindicatos que acumulan unos convenios que ya quisieran los demás. La incapacidad de esta administración para lograr que sus empleados trabajen por las tardes en verano es en realidad una bofetada para quienes valoramos los servicios públicos por encima de todo y un argumento estupendo para quienes defienden su privatización. Desde luego, ninguna de las dos opciones parece por sí misma una solución justa: en el Ruso y en el Pompidou hay trabajadores que por una bendita concesión privada llegan a cobrar menos de cuatro euros la hora. Cuando el criterio de la adjudicación se resume en premiar a la oferta más baja, lo que se consigue al final es el estrangulamiento de las condiciones del trabajador. Cabe preguntarse si en esta marabunta de burocracia, convenios colectivos y altos cargos es posible por ejemplo que un centro público abra por las tardes y sus trabajadores tengan condiciones dignas. Dicho así la verdad es que no parece tan difícil. Pues parece que no hay manera.

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