Julián Muñoz por sevillanas

El exalcalde de Marbella vivió una de esas noches en las que desearía no haber salido

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

La semana pasada Julián Muñoz fue condenado a otros seis meses de prisión y cinco años de inhabilitación por el caso Minutas II. Las condenas a este señor son tan habituales que van camino de dejar de ser noticia: el exalcalde tendría que vivir muchas vidas para poder cumplir todo lo que van a echarle pero, empujado por la sospecha de que sólo le queda una y que es esta, armó toda una estrategia moral para que se le concediera un cambio de régimen por razones humanitarias y de dignidad. «No dejéis que me muera en la cárcel», decía Julián, con el argumento de que padecía una enfermedad grave e incurable. Concretamente, una pluripatología crónica de carácter cardiovascular metabólico y respiratorio, que es una cosa que suena bastante mal.

Las indiscutibles cualidades rejuvenecedoras y curativas de la concesión del tercer grado penitenciario a cualquier paciente tienen un ejemplo paradigmático en la figura de Julián Muñoz. El exalcalde de Marbella debe padecer algún tipo de hipersensibilidad extraña porque en los juicios siempre sale con un perfil moribundo, escenificado mediante un vestuario con la colocación de su correspondiente chándal o anorak, con esta pose de haberlo dado casi todo por perdido y en general con un aspecto lamentable, fruto de una estrategia estética de la defensa consistente en dar pena, situándole como una víctima del sistema y de sí mismo. Salía de la cárcel como un indigente, pero en la calle resucitaba y se le veía con otro color con una mezcla que incluye pádel, playa y copas.

La verdad sea dicha: no somos tan médicos como para dirimir si el hecho de estar bailando sevillanas a las cinco de la madrugada en un pub de Calahonda es incompatible con la situación vital de un moribundo. Desde luego, a cualquiera le puede resultar mucho más atractivo dejarse la vida en un tablao que perderla vendiendo cigarrillos sueltos o mermelada en el Economato. Tampoco somos nadie para juzgar a alguien que está pasándoselo bien sin hacer daño a nadie, al menos no en ese preciso momento. Julián Muñoz tiene derecho a bailar sevillanas pero debería procurar que no le graben con un móvil. Es por eso que sí consideramos que en estos casos en los que te atrapa el duende se agradecería que el exregidor fuera más discreto porque sus salidas, como es natural, pueden provocar malestar en el personal, para empezar con los vecinos de Marbella, algunos de los cuales también podrían haber votado a otro partido, pero eso es harina de otro costal. Ahora pensemos en su abogado, otro que también se ha convertido en lo más parecido a un personaje de ficción y que ya está pensando que va a tener que escribir un recurso defendiendo la rumba, y que seguramente será para enmarcar. Una fiesta flamenca ha terminado fulminando su ilusión de libertad. Esos son los días en los que uno desearía no haber salido.

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