Juego de piernas

JOSÉ ANTONIO TRUJILLO

Manuel Alcántara es el púgil de la columna. Con su calzón largo, la defensa siempre dispuesta, y su mirada fija, ha cumplido esta semana 90 años, con asaltos todavía por disputar. Su literatura es puro juego de piernas, sabe entrar y salir, midiendo la distancia de los golpes propios y los de su oponente. El escritor no hace otra cosa que escapar, huir del roce de las cuerdas, rebelarse contra la dictadura del rincón, despreciar el polvo de la lona. Su cuadrilátero es la página impar final de un periódico que no se entiende sin él.

Niño de la calle del Agua, de la Málaga con fábrica de ladrillos y boxeadores con sueños y guantes usados, no podía haberse dedicado a otra cosa que a escribir versos.

Poeta con demasiadas arrobas para su tierra, y columnista por descubrir, encontró en Madrid su particular parnaso literario, sin sardinas ni olas. Allí cerca de los versos eternos de sus amigos Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Gerardo Diego o Pepe Hierro, comía cocido en un Lhardy lleno de toreros. Después llegó la prosa con Ruano, y el periodismo descubrió al que ahora es nuestro columnista decano y maestro de generaciones de escritores.

En esta misma semana de cumpleaños con cifra redonda, con pretensiones seculares y días por llenar, conocemos que España es un país de candidatos. De un huido Puigdemont que ya supera a su avatar en realidad adulterada, de una Forcadell que no quiere saber nada de ser candidata a la fuerza a presidenta de un parlamento que se le atraganta, o de una dulce Arrimadas a la que quieren invitarla a fracasar sus adversarios políticos. No cabe ni un candidato más, por eso el maestro Alcántara nunca se ha postulado a nada para conseguir todo en su vida.

Su literatura es el tiempo cosido a palabras. Luz en los días de frío en el periodismo al dictado del poder, ironía para la columna desertora de lo literario, ingenio para los torpes, inspiración para los que empezamos. Es el poeta que no es y el columnista que nunca quiso ser.

Honor y larga vida al maestro Alcántara, al que conocí en una mesa de tertulia y toros, acompañé por un pasillo de hospital y leo y releo para saber que no estoy sólo. Maestro, déjeme que siga llevándole la toalla.

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