El Joventut como síntoma

Reflexiones al Sur

JAVIER IMBRODA

Los despachos no meten canastas o goles, pero su influencia es determinante para la estabilidad y equilibrio del equipo, de los que juegan, de los que compiten. Los despachos no llevan dorsales a la espalda, ni venden camisetas con sus nombres, aunque haya más de un dirigente, de esos que están encantados de conocerse a sí mismos, que no entienden por qué no se les rinde más pleitesía en forma de adulación. Lo intentan, pero no interesan. Interesan los que están en el terreno de juego. No aprenden, el ego les puede.

La igualdad que existe en la alta competición, ya sea arriba o abajo en la clasificación, depende de pequeños detalles. Ess una igualdad muy fina y cualquier detalle o decisión puede desencadenar una serie de acciones que no siempre suelen tener final feliz. Un equipo es materia sensible, y no todos entienden esta certeza. Hay que desear que los despachos, básicamente, hagan su trabajo fundamental en la postemporada, y durante la pretemporada y competición, acompañar al equipo en todos los vaivenes que se producen a lo largo del mismo, sin interferencias, sólo preocupados de que el equipo, dentro de sus posibilidades, se sienta arropado. Los entrenadores y jugadores, con sus cinco sentidos, deben estar centrados sólo en el juego. Si los despachos consiguen que esto sea así, habrán hecho su trabajo.

Pero si los despachos generan problemas de pagos debido a malas planificaciones o previsiones -ya sean a sus profesionales o a proveedores-, problemas de desgobierno, problemas de visión de futuro, problemas de vivir por encima de tus posibilidades y no aceptar tu realidad por las circunstancias que sean, no saber comunicar, interferir en aspectos deportivos cuando no te corresponda -en definitiva, liderar una gestión sensata-, el equipo se verá afectado en todas sus consecuencias. El equipo, y ahí incluyo a cuerpo técnico y jugadores, puede mejorar con sus resultados unos objetivos que parecían inalcanzables. Los despachos sólo pueden empeorarlos.

Hay que tomar al Joventut como síntoma. El histórico club agoniza en la ACB. Una sucesión de hechos gestados desde los despachos están condenando al club al ostracismo más absoluto. Ni siquiera el equipo ha podido escapar a la sinrazón de la gestión. Tiene demasiadas justificaciones como para centrarse exclusivamente en el juego. Esta semana es clave para saber si el Ayuntamiento de Badalona actuará como salvavidas de una especie de náufrago que se debate entre la supervivencia o la desaparición. Una vez más, la administración pública al quite. Salvar al Joventut es salvar un sentimiento, como cualquier club que tenga tradición, y los sentimientos a veces no son racionales.

Si el Joventut es un síntoma, el Málaga Club de Fútbol ya lo confirmó. Ya ha padecido todos los males que una gestión precaria pueda tener en un club. El Joventut ha sido campeón de Liga y de Europa, y el Málaga disfrutó de un fogonazo en forma de Champions para, a partir de ahí, sufrir el desencanto de ver deambular a tu equipo en posiciones impropias de una ciudad y una afición como Málaga. Ambas situaciones tienen difícil solución, y las soluciones no se deben ofrecer desde la pasión, sino desde la reflexión. Una reflexión que posteriormente se active y llever a actuar. Hay una diferencia clara entre ambos deportes: el fútbol es rentable bien gestionado mientras el baloncesto sigue buscando un modelo para que algún día lo sea.

Dos históricos en riesgo de extinción, cada uno con su idiosincrasia, pero a día de hoy sin una personalidad que los identifique.

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