Tan joven y tan viejo

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

El cliché de que la realidad supera cualquier previsión adquiere su forma más nítida en verano, cuando las noticias sobrevienen al calor de un chiringuito o en plena siesta reparadora, sin muchas posibilidades de reacción. El fenómeno del alquiler vacacional ha cogido al sector turístico con el pie cambiado, mecido en la comodidad de las excelentes cifras de los últimos años, aunque ahora surjan como champiñones quienes repiten machaconamente que lo veían venir. No hay desierto suficiente para tanto predicador. El caso es que no hemos terminado de salir de una burbuja y ya estamos inflando otra. La economía malagueña se parece cada vez más a uno de esos juegos arcade de los años noventa cuyo único objetivo era explotar globos que aparecían de la nada, con la diferencia de que el origen del descontrol de las viviendas turísticas es claramente identificable, como también lo son sus consecuencias.

La falta de regulación dispara los alquileres y reduce la aspiración de vivir en el Centro a la improbable suerte de que algún día toque la lotería. Para los menores de treinta años ni siquiera era una opción; bastante tienen con tratar de independizarse, aunque sea en pisos compartidos y a las afueras. Solo quince de cada cien jóvenes malagueños lo consiguen antes de los veintinueve años, según el Observatorio de Emancipación de Andalucía. Bajo la cacareada recuperación económica se esconde una montaña de contratos temporales, salarios asfixiantes, falsos autónomos y precariedad laboral, pero las administraciones públicas y buena parte del sector privado prefieren maquillar la realidad hasta la distorsión mediante ese reparto de papeles tan español que estos días tiene en Rajoy a su mayor exponente y que establece que la razón es propia pero la responsabilidad siempre es de otros.

Al fuego de tanto descontento juvenil continúa cociéndose una crispación de resultados aún imprevisibles. Hacen mal nuestros políticos en ignorar a los denominados 'millennials', cuya escasez de oportunidades laborales dignas no tardará en pasar factura. El empeño de Málaga por abrirse a otros sectores como la cultura o la tecnología resulta loable incluso tardíamente, pero despreocuparse de toda una generación lastra cualquier modelo económico, especialmente si tiene como base el turismo, que suele reservar sus tareas más irritantes a los jóvenes. Curtirse durante unos meses aguantando a clientes maleducados como modo de costearse los estudios o los caprichos tiene sus beneficios, pero la necesidad de ampliar ese horizonte, cada vez más limitado a los empleos temporales del sector servicios, comienza a resultar urgente si no queremos que en unos años el problema no sea la masificación turística y su descontrol sino el envejecimiento de la población y la falta de preparación y experiencia de las nuevas generaciones, expresión de la que parecen haberse apropiado los partidos para referirse a sus camadas. Así nos va.

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