Joaquín Marín

EL EXTRANJERO

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Hay deudas que nunca se pagan y artículos que nunca se quieren escribir. Este es uno de esos artículos y mi deuda con Joaquín Marín es de las que quedarán abiertas para siempre. Los equilibrios en la vida no existen y las deudas forman una cadena interminable donde la única regla válida es que lo recibido sea a su vez entregado, y a ser posible aumentado, en una sucesión de relevos. Joaquín Marín fue el primer periodista que conocí en mi vida. No empecé mal. Era la primavera de 1981 y el redactor Marín bajó a la recepción de Sur a echarle un vistazo a aquel estudiante que había recibido el premio de relatos Ignacio Aldecoa. Me dio el visto bueno y me citó para el día siguiente en la redacción del periódico. Fue la primera vez que puse un pie allí. Y fue él, Joaquín, quien me hizo la primera entrevista.

De su mano, apenas unos años después, empecé a publicar en estas páginas. De la mano de Joaquín Sur empezó a ser mi casa. Eran los tiempos en que las redacciones tenían un aire de smog londinense. Humo, ruido de teclados, botellas de cerveza, montañas de papeles. Allí andaban Frías, el querido Viejo, Pedro Luis, José Vicente Astorga, Canivell y mi primer interlocutor, Morgado. Los herederos de un tiempo dorado del periodismo, una troupe, una familia, una tribu dispar y viva que Joaquín Marín, convertido súbitamente en director, lideraba con esa rara elegancia que no se sabía nunca si estaba fabricada a base de distancia o timidez. Oigo y oiré siempre su voz levemente rajada, a ras del suelo, sin estridencias. Recuerdo su mirada intensa y al mismo tiempo fugitiva.

Cuando purgué la temporada de pipiolo y mi primer libro empezó a circular por ahí, pasé otra reválida con él y Manuel Alcántara, una noche en la que el propósito principal parecía ser el de acabar con las reservas alcohólicas de la ciudad. A pesar de lo trasegado ninguno de los tres dio un paso en falso. Me sellaron el visado. Años después compartimos alguna que otra madrugada por los garitos que nos salían al paso. Hablábamos del poder de los adjetivos, de fútbol y, cómo no, de periodismo. Del rigor con el que hay que enfrentar el oficio, ya sea en el día a día de la redacción o desde el nido de francotirador de la columna. Vieja escuela, pura raza. Me hice hermano de esta cofradía gracias a él y a unos cuantos como él. Un buen día se marchó de esta casa. Para irse a dirigir Canal Sur. También coincidimos trabajando por aquellos pasillos en los que había casi más cepos que baldosas. Joaquín volvió a su medio natural. La prensa escrita. La vida y el oficio le dejaron unas cuantas cicatrices. Y una considerable dosis de escepticismo. Eso que por otro nombre se conoce como sabiduría. Ha tenido demasiado poco tiempo para disfrutarla. Deja herederos. Deja discípulos y deja deudores. Aquí tienen a uno, para siempre agradecido.

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