Jerusalén: llantos y rezos

Se presagian nubarrones de alta intensidad en el mundo islámico cuyo único punto de unión es el pueblo árabe de Palestina, tantas veces instrumentalizado, no sin hipocresía, por los unos y por los otros

Se dice que la ciudad de Jerusalén es un lugar en donde predominan los llantos y los rezos, ensartados por un hilo conductor de lamentaciones de israelíes judíos y de árabes palestinos. Se dice que Jerusalén abriga a referencias fundamentales de las tres religiones del Libro: el Santo Sepulcro, la segunda Mezquita del Islam y la tumba del rey David, entre otras huellas de la conciencia heredada. Podría ser el ideal entorno sublimado para el diálogo y el reconocimiento 'del otro', espejo, al tiempo que parte existencial, de uno mismo. Pero no lo es.

En 1948 se crea el Estado de Israel tras años de oleadas de judíos hacia Palestina. Teodoro Herzl, que se inició en el socialismo utópico con su libro, apenas conocido, 'Comunidad de comunidades', terminó escribiendo su otro libro, muy conocido, 'El Estado Judío' y sentó las bases del sionismo político. Todos los judíos del mundo reiteraban en las sinagogas: «El año que viene en Jerusalén». Antes de 1948, la Palestina de entonces estaba habitada por colonos inmigrantes judíos y por una mayoría de labradores y pastores árabes. Sin duda, la enorme presión del Holocausto minuciosamente planificado por Hitler con el objetivo final del exterminio de los judíos, precipitó la creación del Estado de Israel, que fue reconocido por la ONU. (Ahorro, por falta de espacio, datos históricos del Mandato británico en Palestina y la 'Declaración Balfour' que allanó el camino a la creación de dicho Estado. Ahorro, también, el Plan de Reparto del territorio de la ONU entre árabes palestinos y judíos palestinos que, en realidad, nunca se respetó).

Los árabes palestinos como los israelíes judíos reivindican a Jerusalén como capital tanto de Israel como del futuro Estado de Palestina. Jerusalén hoy está bajo la soberanía de Israel tras anexiones por guerra. Jerusalén-Este está habitada por palestinos árabes. Jerusalén es uno de los grandes contenciosos en las interminables negociaciones entre Israel y la Autoridad Nacional Palestina que sostiene el objetivo de dos pueblos, dos naciones y dos Estados. Pero ambas partes reclaman a Jerusalén como capital, aunque los palestinos podrían llegar a aceptar la concesión para ellos de sólo la parte Este de Jerusalén. Existe un consenso internacional para no reconocer hasta hoy a Jerusalén como capital de Israel (así lo hace España), sino a Tel Aviv en donde se encuentran las Embajadas de los Estados con relaciones diplomáticas con Israel. Ese consenso forma parte del compás de espera hasta el día en que este hecho sea resuelto (día lejano) por el proceso de negociación israelo-palestina. De este contencioso, en sus grandes líneas, tuve noticias en mi primer viaje a Israel en 1965 durante mi estancia en el kibutz Mishma Haemek al que pertenecía la socialdemócrata Golda Meyer. Desde entonces, fui consciente de la existencia del pueblo palestino hasta que, años después, en 1992, fui representante personal del director general de la Unesco ante el presidente Arafat (que ya había reconocido a Israel como Estado), cuya residencia era Túnez. (Israel abrió una Delegación Comercial -de hecho 'Embajada'- en Túnez con cuyo 'embajador', desde la Misión Diplomática de la Unesco, mantuve relaciones cordiales, pues tanto Israel como Arafat tenían reconocimiento por la Unesco. Túnez negociaba las relaciones diplomáticas con Israel. Todo se paralizó con la 'primera intifada'). Aprendí que de las tres religiones monoteístas, la única que no reivindica Estado en tierras de Palestina es la cristiana, aunque años atrás el Vaticano lanzara la idea de la internacionalización de Jerusalén.

La decisión del presidente Trump (anunciada en su campaña electoral) de trasladar la Embajada de los Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalén, inaugurada hace unos días, ha desencadenado una enérgica reacción de la Autoridad Nacional Palestina y del conjunto de los Estados de la Liga Árabe. Dicha decisión significa, además, echar gasolina en un Oriente Medio de por sí incendiado y con elevadísimos niveles de alta tensión, con Siria e Irak (y Libia y Yemen) como Estados fallidos, y con un terrorismo yihadista cuyo 'Estado Islámico' ha sido casi totalmente derrotado desde el punto de vista territorial pero cuyas ascuas están sin apagar y dispuestas a todo lo peor a través de nuevas modalidades operativas de atentados mortíferos.

Trump ha argumentado que Estados Unidos fue el primer país en reconocer en 1948 al nuevo Estado de Israel. Afirmación falsa, fake news, pues en realidad el primer Estado que reconoció al nuevo Estado de Israel fue la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La entonces Unión Soviética agitaba en la zona a través de los Partidos Comunistas, entre ellos el israelí y los que ya actuaban sumergidos en los procesos de descolonización del Oriente Medio y Norte de África.

Las reacciones a la decisión de Trump, rompiendo el consenso sobre Jerusalén (y otras, como salirse del acuerdo internacional con Irán), no se han hecho esperar. Gaza palestina lo ha pagado con muchas víctimas y se presagian nubarrones de alta intensidad en el mundo islámico cuyo único punto de unión, en realidad, es el pueblo árabe de Palestina, tantas veces instrumentalizado, no sin hipocresía, por los unos y por los otros.

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