El extranjero

Jefes

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Los países poco sofisticados en materia política siempre quisieron tener un presidente, un rey, un zar o un emperador con mano dura. Un padre tan amante de sus súbditos que a cualquier hora estuviese dispuesto a quitarse el cinturón y propinar unos cuantos azotes al hijo, al pueblo, desviado. Por su propio bien. Donald Trump, al margen de las connivencias rusas, eligió ese modelo pasándolo, sí, por el imaginario americano del sheriff siempre preparado para desenfundar sus revólveres y, después de gastar un poco de munición en algún campus de Texas o Iowa, meter una bala en el entrecejo del enemigo. Una bala que puede ser un misil nuclear o un torpedo económico, que es lo que ahora parece dirigirnos a los atribulados europeos y a los omnívoros chinos. Mientras, su alter ego/rival, socio/enemigo íntimo, Vladimir Putin recupera el viejo orgullo de los padres de todas las Rusias y hace alarde de músculo atómico.

El mundo anda a la pata coja, hoy en Italia se dirime una papeleta que puede tener ecos en el resto del continente, y Gran Bretaña anda enmarañada en el ser o no ser lo que fue. Es decir, en dar un salto al vacío, porque ese mundo al que los nostálgicos votantes del 'Brexit' quieren regresar no existió jamás fuera de sus calenturientas mentes. Theresa May, encomendada para el asunto, carece de esa potencia despótica a la que parecen tan aficionados los nostálgicos. Lo suyo es hacer de una Penélope brumosa, haciendo y deshaciendo una calceta económica a la que le salen agujeros por todos sitios.

Europa, o por lo menos la Europa alejada de Rusia, ese país que siempre ha hecho balancín entre occidente y occidente, parece libre de los padres broncos. Hoy se verá si Berlusconi, con muñeco interpuesto, asume ese papel. Aunque lo suyo tiene más que ver con un padre autoritario pero que la mitad de los días se olvida de darle la zurra a su pueblo porque tiene resaca, sexual o económica. Aquí tenemos el modelo Puigdemont, instalado en Waterloo, añorante profesional de una Cataluña de pasado tan rimbombante como falso, pero sin la musculatura de esos líderes que traen la felicidad a sus pueblos a base de sopapos. Él, ahora lo cuenta Marta Rovira, ese papel castigador se lo otorga al Estado español, que le iba a alfombrar las Ramblas de cadáveres catalanes. Después de que la policía despeinara a porrazos a unas cuantas señoras independentistas, Puigdemont anunció que el siguiente paso sería la presencia del Ejército en las calles, con muertos-mártires incluidos. Como aquello no se produjo ni el hombre tiene temple para otra cosa, ha decidido ser un jefe cojonero. Propone como sucesor a un preso, anuncia que cada mes le pondrá una demanda al Estado y amenaza con maniobrar para provocar unas nuevas elecciones en Cataluña. El suyo es un despotismo de baja pero inquebrantable intensidad. Los líderes tipo Stalin mataban a su pueblo con hambrunas pero este individuo es capaz de matarnos a todos a base de empacho.

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