Jauría

JOSÉ MARÍA ROMERA

La actual sobrecarga de moralidad encuentra su reverso en el exceso de desfachatez. Al tiempo que crecen los puritanos aumenta la legión de los caraduras. Vaya lo uno por lo otro. Puede que al ya exministro Huerta se le haya tratado con un rigor excesivo, pero no menos cierto es que sus respuestas de despedida estuvieron cargadas de una particular soberbia. Con sus insistentes declaraciones de amor a la cultura salpicadas de acusaciones contra sus verdugos, Huerta demostró que se puede ser a la vez cursi y altivo, y que la práctica del victimismo no está reñida con la posibilidad de perder el sentido del ridículo. Que corramos el riesgo de poner demasiado alto el listón de la limpieza no implica que estén justificadas todas las conductas sometidas a condena. Pero quedémonos en la suya, la de constituir una sociedad con el fin de reducir sustancialmente la suma que le correspondería abonar al Fisco en el caso de haber declarado sus ingresos por la vía correcta, con el agravante de deducir unos gastos ajenos del todo a su actividad profesional.

«Todos lo hacían», aseguró, incluyendo en el todos a artistas, presentadores y escritores. Es falso. Solo lo hacía parte de la elite más privilegiada. De no haber dimitido por el fraude descubierto, Huerta tendría que haberlo hecho por formular una imputación tan impropia de un ministro a quien se supone obligado a defender a la gente de su sector en vez de descalificarla para cubrir sus vergüenzas. Extrañamente una de las anteriores titulares del Ministerio, Ángeles González-Sinde, ha incurrido en la misma veleidad al salir en defensa suya presentándolo como un damnificado más de la supuesta guerra de Montoro contra los artistas. No es el mismo caso el del novelista jubilado al que multan por cobrar unos míseros derechos de autor inexplicablemente incompatibles con su pensión y el del exitoso autor de best-sellers que elude pagar impuestos por medio de una sociedad interpuesta creada exclusivamente con esa finalidad. El primero representa la precariedad de una cultura castigada por el desprecio y la incomprensión de los gobernantes; el segundo, la pura y simple picaresca del mal ciudadano que trampea para no pagar lo que le corresponde. «Me voy para que el ruido de la jauría no rompa el proyecto de Pedro Sánchez», dijo Huerta. La jauría: el recurso del infractor para vestirse de víctima, desplazando la culpa del problema a quienes lo señalan y no a quienes lo han provocado. Los perros siempre son los otros, naturalmente. Llegados a este punto, la pregunta ya no es si puede ser ministro alguien con manchas en su historial, sino qué clase de desagradables sorpresas no nos habría dado en el futuro alguien tan poco dispuesto a asumir decentemente sus responsabilidades. Porque de la incompetencia se puede salir a base de esfuerzo y dedicación, pero la arrogancia no suele tener fácil cura.

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