La izquierda y el guisante

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

En el cuento de Andersen 'La princesa y el guisante' se descubre que la joven superviviente del naufragio es una princesa porque es capaz de sentir el guisante que le habían puesto debajo de varios mullidos colchones. La interpretación moderna del cuento no es que la princesa fuera una pija insufrible, la chica había demostrado suficiente valor y resistencia para sobrevivir a un naufragio en las frías aguas del Báltico, sino que una extraordinaria nobleza lleva aparejada una extraordinaria sensibilidad.

Cuando Marx denuncia la nueva forma de violencia que el capitalismo ejerce contra el proletariado está demostrando una sensibilidad que otros desconocen. El capitalismo pone unos cuantos colchones sobre los grilletes del feudalismo, pero bajo lo que parece un ejercicio de libre intercambio de un trabajo por un salario hay una forma de violencia. ¿Qué queda de lo que aprendimos sobre la violencia estructural a la que somete el mercado a los proletarios? Esa violencia, que sin porras ni pistolas, ejerce sobre el trabajador el temor a no tener nada que llevar a su casa para que coma su familia.

Tiene narices. Ahora resulta que violencia es sólo cuando te pegan un tiro o, por lo menos, te dan una pedrada en la crisma. Si no hay sangre, pelillos a la mar. Violencia es la de Otelo contra Desdémona. Yago, nos dirán, es solo un 'influencer', un poco pasado de rosca. Y, digo yo, ¿qué queda de la violencia simbólica de los Aparatos Ideológicos de Estado que nos descubría el marxismo?

¿Tuvo que ver algo el ministro del Interior en la violencia de la policía en Cataluña el 1 de octubre? ¿O sólo fueron responsables de la violencia quienes daban los porrazos? Decía Al Capone, citando libremente a Max Weber, que se llega más lejos con una sonrisa y una pistola que sólo con una sonrisa. ¿No reprimen a palos los mossos las manifestaciones ilegales? ¿A qué aspiran el señor Puigdemont y sus correligionarios si no es al monopolio en el ejercicio de la violencia en Cataluña? Ciertamente antes de desarrollar esa violencia legal y legítima de la que hablaba Max Weber, los independentistas tenían que conculcar, sólo con sonrisas, otra legalidad y otra legitimidad. Y eso es lo que hicieron en el Parlament en septiembre cuando vulneraron el Estatuto de Autonomía de Cataluña y la Constitución Española que habían votado masivamente los catalanes.

La violencia feudal de la sangre y los grilletes también les repugnaba a los defensores del mercado capitalista, hasta ellos notarían una sandía debajo del colchón. El marxismo nos enseñó a ver esas otras violencias que se desarrollan sin sangre ni grilletes, al menos inicialmente. Para empezar a usar la fuerza, se puede comenzar por forzar una votación ilegal. Ganar una votación convocada ilegalmente para imponer una nueva legalidad que pusiera en sus manos el monopolio weberiano de la violencia, ese era el propósito del señor Puigdemont. Salvando las distancias, seguro que a los jueces alemanes le suena todo esto. Lo digo por Weber, y sólo por Weber, naturalmente.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos