La irracionalidad de la homeopatía

Son muchos los estudios que se han realizado de forma rigurosa para establecer su efectividad terapéutica y todos han concluido que sus curaciones se deben al 'efecto placebo'

La homeopatía es una pseudociencia en la que confían la mitad de los españoles, entre ellos un porcentaje significativo de personas con formación científica. Fue creada por Samuel Hahnemann a finales del siglo XVIII, y desde entonces apenas ha cambiado. No ha hecho ningún gran descubrimiento ni ha progresado en sus métodos de forma relevante. De modo que, en el mejor de los casos, el consumidor de productos homeopáticos se está sometiendo a tratamientos de hace más de dos siglos. ¿Alguien iría a un dentista que empleara técnicas del siglo XVIII? ¿Por qué, sin embargo, hay quien sigue confiando en esta supuesta medicina alternativa? ¿Por qué hay quien llega a tratarse un cáncer con procedimientos anteriores al conocimiento científico de dicha enfermedad?

Digámoslo con más claridad. El médico que receta un producto homeopático está prescribiendo una sustancia que carece de todo aval científico en cuanto a su eficacia terapéutica y, por tanto, se está situando a sí mismo en un nivel comparable al de un curandero, por muchos estudios universitarios que tenga detrás. Y no solo es que la homeopatía carezca de aval científico, es que no puede ni podrá tenerlo nunca, como a veces pretenden sus defensores («la ciencia todavía no lo conoce todo», repiten), porque choca con los principios de la física y de la química actuales. Si la homeopatía fuera correcta, la química sería una ciencia profundamente errónea.

Un principio fundamental de la homeopatía es el de las diluciones extremas. Según estableció Hahnemann -de forma arbitraria, por cierto-, para que un principio activo produzca eficazmente su efecto terapéutico debe estar extremadamente diluido en agua. Cuanto más diluido, mejor. Son frecuentes diluciones en las que en una piscina olímpica de preparado homeopático solo se encontrarían cuatro o cinco moléculas del principio activo. Para explicar esto, los homeópatas recurren a una teoría absurda según la cual el agua guarda memoria de la sustancia con la que ha estado en contacto. Por lo tanto, no importa que en un tarrito de preparado homeopático a base de veneno de abejas no haya ni una sola molécula de dicho veneno. Lo importante es que el agua que contiene el tarrito lleva información sobre el veneno de abeja. Nada hay, sin embargo, en la química que justifique una afirmación semejante, que además presenta al menos dos problemas. En primer lugar, si la cosa fuera así, lo que cura al paciente en realidad sería la 'información' que el agua transporta. Pero esto de que la información pueda tener efectos sobre la salud es algo bastante extraño. Y peligroso: dado que alguna gota de esa agua ha podido correr alguna vez por una alcantarilla, lo más probable es que esa 'información' nos provocara una colitis. ¿Por qué no transmitir al agua o al cuerpo esa 'información terapéutica' de forma más efectiva, mediante un ordenador, como sugirió el propio autor de la teoría, Jacques Benveniste? En segundo lugar, si es el agua la que tiene memoria, ¿por qué no se venden siempre los productos homeopáticos en tarritos con agua en lugar de en pastillas con azúcar? ¿También el azúcar tiene memoria, o las pocas moléculas de agua que queden ligadas al azúcar?

Afortunadamente, en España se va imponiendo la sensatez y tanto las universidades como los colegios de médicos llevan un tiempo situándose claramente en contra de la homeopatía y señalando su carácter pseudocientífico. Son muchos los estudios que se han realizado de forma rigurosa para establecer su efectividad terapéutica y todos han concluido que sus curaciones se deben al 'efecto placebo', es decir, al beneficio que la propia actitud crédula del paciente ejerce sobre su salud en el caso de enfermedades leves.

Es una lástima que el Gobierno haya decidido otorgar el calificativo de 'medicamentos' a los productos homeopáticos en la ley publicada en el BOE el pasado 28 de abril, teniendo en cuenta sobre todo que la ministra ha reconocido que en realidad no lo son, puesto que «no hay evidencia científica detrás». Pero hay también un importante avance en la ley (si es que se pone en práctica): aquellos productos homeopáticos que se presenten explícitamente como indicados para curar una enfermedad deberán pasar los mismos controles que cualquier otro medicamento, es decir, no solo se deberá mostrar mediante ensayos clínicos que no hacen daño (ya sabemos que el agua y el azúcar no hacen daño a ninguna persona sana), sino que deberán ser sometidos a estudios experimentales que muestren sin género de duda que curan lo que dicen curar. Nada extraño ni desmedido. Lo extraño es que no se les haya exigido hasta ahora. Las empresas homeopáticas tienen que ponerse a la tarea, porque sus productos nunca han podido pasar tales pruebas con éxito. Aunque mucho me temo que el obstáculo se solventará dejando de poner en el envase la enfermedad que supuestamente curan. Aparecerá un escueto y pequeño rótulo de «sin indicación terapéutica».

La resistencia a la mera aplicación de los procedimientos científicos en este ámbito es sorprendentemente grande, incluso, repito, entre personas de formación científica. Hace muy pocos días, en un programa radiofónico dedicado a la salud, el presentador se lamentaba de esta nueva exigencia de control de calidad con el argumento de que los 'medicamentos' homeopáticos son especiales y no deben venir avalados por experimentos científicos, sino por su uso tradicional, por la experiencia de los homeópatas y por la bibliografía. Una idea que a algunos entusiasmará. Si hiciéramos eso con todos los medicamentos podríamos vender en la farmacia los remedios de Galeno o de Hipócrates, así tendríamos más variedad para elegir y el consumidor quedaría quizás más contento. Las farmacias podrían volver a poner botes con raíz de mandrágora, palanganas para hacer sangrías, o mejor, recipientes con sanguijuelas, cocaína a gusto para los dolores, tóxicos para provocar el vómito, excrementos de aves para la conjuntivitis, arsénico para la sífilis, etc. Todo eso está en la bibliografía, y tiene detrás mucha experiencia acumulada. Que la racionalidad humana es algo siempre en precario y de alcance limitado lo sabían desde hace tiempo los filósofos y en las últimas décadas lo han confirmado empíricamente los psicólogos. Tantas personas en todo el mundo confiando en la homeopatía pese a conocer todo esto que acabo de decir es también una prueba de ello. Un amigo me preguntaba hace días el porqué de esta credulidad. No tengo una respuesta. Lo que sí sé es que todos, hasta personas con formación científica, somos incapaces de un comportamiento estrictamente racional, sobre todo si hay una enfermedad de por medio. Y un apunte final para disipar cierto romanticismo: la homeopatía no es un David en lucha contra el Goliat de las grandes compañías farmacéuticas. El negocio de la homeopatía mueve centenares de millones de euros cada año en toda Europa.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos